El espectador suspenso, de Isidoro Valcárcel Medina

“El espectador suspenso”, de Isidoro Valcárcel Medina

* Fragmento del texto de la conferencia pronunciada el 27 de septiembre de 1997 en Castelló de la Ribera, Alicante, dentro del ciclo “Distància: art espectador”. Publicado en Ànimes de Cànter, n.º 1 (Castelló de la Ribera, septiembre de 1997).

Cuando se inicia una disertación sobre el tema del espectador en el mundo del arte es preciso hacer, en mi caso, una advertencia de capital importancia: este espectador sólo existe porque ese mundo de la creatividad está malformado. Pretendo decir con esto que no debería existir un contemplador no autor, rigurosamente considerados ambos. Es la contrahecha estructura cultural la que permite el sinsentido de un hombre que se limita a mirar lo que otros hacen. Si admitimos, como parece inevitable, esta última frase como una definición del espectador —aquél que se contenta con ver lo que se produce fuera de su espacio—, no es posible eludir la evidencia de que una tal pasividad no es humana, de que semejante indolencia creativa es algo contrario a la esencia misma de la naturaleza del hombre.

Conscientes de este desequilibrio (creador-contemplador, emisor-receptor, autor-espectador… o como queramos llamarlo), las buenas almas protectoras del tinglado cultural han acuñado el eslogan de que una obra de arte no se culmina hasta que alguien ajeno a ella la contempla…; o también, de que cada espectador sólo ve la obra a la que ha dado el toque final de su interpretación personal… Cosas ambas que se resumen en el gran hallazgo de la condescendencia: hay tantas obras como contempladores. Así que voy a hablar del espectador del arte (y algo también del arte mismo) pero dejando claro previamente que voy a ocuparme de una entelequia, de una falsedad: el arte es acción ¡por fuerza! Y sólo acción.

Dicho de otra manera: no es posible ser espectador de una cosa llamada arte, porque esa cosa, cuando se halla en condiciones de ser contemplada, ha muerto. El espectador del arte es, como consecuencia, no ya el degustador de un cadáver, sino, en aplicación sensata de una lógica incuestionable, cadáver él mismo, o, peor aún, individuo con aspiraciones escatológicas.

Y ahora, tras pedir que se me permita pasar de largo por la condición también expectativa de los artistas, no puedo ahorrar unas palabras para éstos, quienes están tan contentos de tener una abundancia tal de espectadores (de hecho, se quejan de que no sea aún mayor el interés por el arte) que les permite ser minoría, escandalosa, sí, pero sin más consuelo que el ser tuertos en un país de ciegos. Los creadores de oficio no podrían soportar la carencia de observadores de su quehacer personal… los consideran parte esencial de su trabajo… Por esa razón, con harta frecuencia, hacen protesta de la autonomía de su actividad artística, a la cual consideran por encima del bien y del mal.

Y aún queda otro estamento al que sería injusto no darle, por mi parte, su ración crítica. Hablo del poder en general; es decir, de aquellos organismos o instituciones que, ahora más que nunca, han descubierto la conveniencia de tener muchos espectadores (pediría a mis oyentes que no pasaran descuidadamente por el sentido de esta frase).

De una manera oficial, hoy el arte es ya una materia de contemplación. Podría decirse que se ha conseguido que la barahúnda de los espectadores constituya una fuerza real en el mercado, sea éste político o económico.

He aquí cómo yo me veo en trance de hablar de algo que es falso por principio…; de unas personas que son un simulacro de su propia naturaleza…; de una estructura que se mantiene a costa de tergiversar la idea misma de la creatividad (idea que es equivalente a la del arte y asimilable a la acción)…

Y como he dicho que arte es, inevitablemente, acción, el espectador resulta ser un ente ficticio que permanece sentado mientras se mueve.

¿O acaso su misión es echar el freno a la efervescencia del arte; dar, en una palabra, por terminada la obra? De todo esto voy a intentar hablar, pero ha de recordar el oyente que él, si de verdad ama el arte (¡esta charla es arte, qué duda cabe!), no debería escucharme, no debería ser espectador.

[…]

Yo acostumbro a decir (y acostumbran a discutirme) que una obra de arte sólo es tal cuando resulta generadora de otras obras de arte…, las cuales, añado ahora, han de surgir, cómo no, de los espectadores (en cuyo caso, como decía, no serían tales). Pues bien, si algo de esto es más o menos aceptable, el espectador goza de un papel protagonista —si es que cumple su papel— o se queda en la más estéril de las nebulosas —si es que se conforma con mirar—.

Comprenderán quienes me sigan que hablar seria y sesudamente de este personaje descomprometido es cosa algo incómoda y sobradamente gratuita. Sin embargo, el mundo es de los espectadores, no sólo porque son muchos más, sino también porque, pensando en su doble aspecto cuantitativo y cualitativo, el autor crea para ellos —a su gusto, podría decirse— el producto del esperado éxito.

Así que, contradiciendo mis anteriores aseveraciones, el espectador “existe mucho”, es muy visible y es muy influyente. Más aún, y contra lo que la tradición enseña, el espectador del arte tiene más dominio sobre el producto que consume del que es normal en otros campos de la cultura y de la industria; o, para decirlo más resumida y atinadamente, de la industria de la cultura.

No es, pues, cierto, hoy por hoy, que el artista sea un ideador a cuyas decisiones se ha de adaptar el amante del arte… Eso ocurre muy pocas veces (aunque esas veces sean las únicas que merecen atención). Estoy llegando a un punto en el cual podría despachar el tema de esta intervención diciendo que la distancia arte-espectador es más corta que nunca, aunque los pregoneros de la cultura interesada digan lo contrario.

Los artistas del momento hacen lo que el espectador demanda de ellos, incluido aquello que, en apariencia, irrita a dicho espectador. Tengo para mí que el creador que mantiene a distancia a los seguidores (¡aun respetándolos, precisamente por eso, como nadie!) es el que les dice (atención: les dice) las cosas más sencillas con las palabras más claras.

Se me ocurre, a este respecto, un ejemplo chocante: quien lee las críticas de arte —el espectador de las críticas, por así decirlo— lo que espera es no entenderlas y lo que le desespera es ver a las claras lo que dicen. Su ilusión está puesta en que todos esos personajes que se citan en los textos críticos le sean desconocidos y sus juicios, enigmáticos. Su mayor desencanto, por el contrario, viene cuando se topa con alguien que habla por sí mismo; es decir con alguien tan “inculto” como él.

El espectador del arte está muy cerca del artista mecánico y bien educado, del artista que hace una obra incomprensible para sus entendederas. Pero es lógico: el espectador, prototipo de la persona pasiva, se halla sentimentalmente muy en la onda del creador de moda, o sea, del autor de “lo que hay que hacer”. Se juntan, pues, el pan con la buena gana. Y en este caso, paradigmático por lo frecuente, sí que existe el espectador, sí que no existe el arte. Un arte móvil, evolutivo, disconforme e indócil no puede tener espectadores, y éstos, o se convierten a su vez en creadores revolucionados por lo que ven, o se alejan a otros campos más cómodos, en los que su afición no pase de ser eso: afición, pero no acción.

Llegados a este punto, quiero hacer una advertencia sobre la coloquial sensación de que la gente no va a las galerías o no compra obras de artistas. Tal cosa, con ser cierta, sólo revela el servilismo del espectador, el cual no asiste más que a aquello que se le impone suficientemente. La mayor o menor distancia entre una y otra obra de arte, incluso entre uno u otro lugar de exposición, y la presencia de espectadores no guardan relación alguna con el estilo o la comprensibilidad del trabajo mostrado, del mismo modo que la venta de arte no está en razón directa con su asequibilidad.

El espectador, por regla general, no elige lo que quiere ver. Ahora bien, si es un espectador al uso, lo que sí hace es elegir entre “lo que debe ver”. Pero nada más. Después de todo, el espectador es consciente de que su categoría no existe en el auténtico mundo del arte, ya que una respuesta a esa cuestión le llevaría a desaparecer.

La expectación, en sí misma, se fomenta o se amaina no por el carácter del arte del momento ni por el estímulo creativo, sino por una difusa y ajena conveniencia social. No hay espectadores natos, sino víctimas propiciatorias de la circunstancia cultural.

Post a comment or leave a trackback: Trackback URL.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: