Walter Benjamin y el museo

Fuente: Walter Benjamin, Libro de los Pasajes, edición de Rolf Tiedemann, Akal, Madrid, 2005.

“Las ferias y exposiciones de la industria como secreto esquema constructivo para cuanto hace a los museos. Así, el arte: productos industriales que se han proyectado en el pasado.”

“Existen relaciones indudables que ligan el gran almacén y el museo, entre los cuales el bazar se constituye en espacio intermedio. El amontonamiento en el museo de obras de arte es muy cercano al de la mercancía que, en aquellos lugares donde masivamente se le ofrece al que pasa, le incita de ese modo a imaginar que a él también le podría tocar una parte.”

“La figura de cera en calidad de maniquí de la historia. En el gabinete de figuras de cera, el pasado se encuentra exactamente en ese estado de agregación que vive en el interieur la lejanía”

“Proust, sobre el museo: «Nuestro tiempo tiene la manía de querer mostrar todas las cosas tan sólo con aquello que las rodea en la realidad, suprimiendo con ello lo esencial, el acto del espíritu, que las aísla de ella. Se ‘presenta’ así un cuadro entre los muebles, las chucherías y los estampados producidos en la misma época, a manera de soso decorado […], en mitad del cual la obra maestra que estamos viendo mientras que cenamos nunca ofrece el placer extraordinario que tan sólo podríamos pedirle dentro de una sala de museo; una que simboliza mucho mejor en su desnudez, al prescindir de todos los detalles, los desnudos espacios interiores donde el artista se abstrae para crear».”

“Los museos forman parte señaladísima de las construcciones oníricas del colectivo. Habría que destacar en ellos la dialéctica con la que responden, por una parte, a la investigación científica y, por otra, a la ‘soñadora época del mal gusto’. ‘Casi todas las épocas, según su disposición interna, parecen desarrollar un problema constructivo determinado: el gótico las catedrales, el barroco el castillo, y el incipiente siglo XIX, con su tendencia retrospectiva a dejarse impregnar por el pasado, el museo’. Sigfried Giedion, La arquitectura en Francia, p. 36. Mi análisis se refiere de modo esencial a una sed de pasado como tema principal. A su luz el museo se revela como interior creciente y gigantesco. Entre el año 1850 y el 1890 las nuevas exposiciones universales toman el lugar de los museos. Ver su base ideológica común.”

“En junio de 1837 se inaugura el museo histórico de Versalles -de todas las glorias de Francia-. Una sucesión de salas cuyo mero recorrido supone casi dos horas. Batallas y escenas parlamentarias. Entre los pintores: Gosse, Larivière, Heim, Devèria, Gérard, Ary Scheffer, etc.. Coleccionar cuadros se convierte aquí por tanto en esto: pintar cuadros para el museo”.

“Entrecruzamiento de museo e interior. M. Chabrillat (en 1882 director del Ambigu) hereda un día un completo gabinete de figuras de cera ‘establecido en el pasaje de l’Opera, encima del reloj’. (Quizá fuese el antiguo museo Hartkoff). Chabrillat tiene por amigo a un bohemio, dotado dibujante, por entonces sin domicilio. A éste se le ocurre algo. En el citado gabinete había entre otras cosas un grupo que representaba la visita de la emperatriz Eugenia a los enfermos de cólera de Amiens. A la derecha, la emperatriz sonríe a los enfermos, a la izquierda hay una enfermera con una cofia blanca y, en una cama de hierro, pálido, enflaquecido, bajo una pulcra colcha, un moribundo. A medianoche cierra el museo. El dibujante se dice: nada más fácil que sacar con cuidado al enfermo de cólera, ponerlo en el suelo, y meterme en su cama. Chabrillat le da permiso. No le importaban las figuras de cera. A lo largo de seis semanas, ese artista al que habían echado del hotel pasó las noches en la cama del enfermo de cólera, despertándose cada mañana ante la dulce mirada de la enfermera y la sonrisa de la emperatriz, que dejaba caer sobre él su rubio cabello. Tomado de Jules Claretie, La vie à Paris (1883), pp. 301 ss.”

“’Me agradan mucho esos hombres que se dejan encerrar por la noche en un museo para poder contemplar a sus anchas, en horas ilícitas, un retrato de mujer que iluminan mediante una linterna. Forzosamente, después, deben saber de esta mujer mucho más de lo que sabemos nosotros’. André Breton, Nadja, París (1928), p. 150. Pero ¿por qué? Porque en el medio de esta imagen se ha completado la transformación del museo en un interior”.

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