La calamidad del Museo del Prado

El Museo del Prado es, paradójicamente, una de las más excelsas calamidades a las que ha tenido que enfrentarse el arte español del siglo XX. Su omnipresencia como referente de autoridad estética en un país sin apenas museos, y su uniformidad estilística y nacionalista, producto del unitario orígen monárquico de sus colecciones, ha representado un grave obstáculo para que los artistas contemporáneos dispongan de referentes más diversos. Enrique Lafuente Ferrari ya denunció en 1948 que lo único que había en el país era barroco: “Ni los grandes maestros del romanticismo francés, inglés o alemán, ni el realismo de Francia de 1848, ni el impresionismo, ni los movimientos posteriores de la pintura francesa, ni la Escuela Internacional de París de los primeros treinta años de este siglo, ni el arte alemán del siglo XIX, ni la pintura de los prerrafaelistas ingleses, ni la vanguardia europea del siglo XX, nada en absoluto de esto ha dejado su huella en ningún museo español”.

La literatura, artística o no, que se ha desplegado sobre el Prado entre los intelectuales españoles es más que ingente. El Prado nunca ha existido como una colección de obras de arte, sino que ha representado el lugar en donde recabar la información de los informantes del estado: es el lugar en el que se revelan las tramas de quintacolumnistas del estado: es la urna en donde residen las fotografías de la supuesta memoria nacional, que no es otra que la historia de la memoria institucional, por muchos pobres que salgan en sus cuadros y sean celebrados por Ortega o d’Ors como espejo del realismo ecuménico del arte español, o por el historiador Francisco Calvo Serraller, quien señaló que el artista español siempre está permanentemente “obligado a sobrevivir en medio de lo excepcional, se ha tenido que expresar a gritos y ha corrido la suerte de los que gritan.” Todo pura mentira de estado. El Museo del Prado resume el papel colaboracionista del arte en la construcción de las mentiras del estado.

“Todos esos cuadros que cuelgan aquí de las paredes no son al fin y al cabo más que cuadros de artistas del Estado. Complacientes con el arte católico del estado y nada más. Una y otra vez sólo un semblante, no un rostro. Una y otra vez sólo una testa, no una cabeza. En fin de cuentas, siempre sólo el anverso sin el reverso, una y otra vez sólo la mentira y la hipocresía sin la realidad y la verdad. Al fin y al cabo, todos esos pintores no eran más que artistas del Estado completamente hipócritas, que atendieron el deseo de agradar a sus clientes, ni siquiera Rembrandt es una excepción. Mire a Velázquez, nada más que arte del Estado, a Lotto, a Giotto, siempre sólo arte del Estado […] Conservar, dice la gente, documentar, pero al fin y al cabo, como sabemos, sólo se conserva y se documenta la falsedad y la mentira, la posteridad sólo tiene falsedad y mentira colgadas de las paredes.” (Thomas Bernhard, Maestros antiguos, 1985)

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