Acto surrealista (Ramón Gómez de la Serna: ISMOS, 1931)

Ramón Gómez de la Serna: ISMOS (1931). Madrid 1975, Guadarrama,  p. 296 y ss.

(Al final del capítulo sobre el surrealismo, escribe).

Como aclaración del suprarealismo, como explicación práctica de lo que no acaba de poderse definir bien como doctrina, voy a presentar un supuesto hijo surrealista:

(…)

Otro taxi le condujo al Museo Grévin.
Subió las escaleras del Museo del Silencio y la Cera, trémulo, entusiasta como si sonase una música de circo mientras ponía el pie en cada tramo.
No había nadie en aquel internado de los espectros solidificados. Su iconoclastia sentía un frenesí disparado, como si todos aquellos seres fuesen bolos para su deseo atentatorio.
Se sentía en el desván del mundo atosigado por aquellos tipos conocidos, cuyos trajes olían al polvo picante del desuso. Se veía lo pequeños que eran los grandes hombres cuando todos, al llegar allí, sólo tenían pensamiento de muñecos de cera.
Se dejaba tan solo al visitante porque todo allí es falso: coronas, pendientes, broches y hebillas.
Henri sentía la alegría de la impunidad, y le devolvían su sonrisa, convertida en hilaridad, todos aquellos rostros importantísimos e imponentes.
Iba eligiendo los más solemnes: San Luis, rey de Francia, Boileau, madame de Stael, Maria Estuardo, Luis XIV, Gambetta, el general Golard, Robespierre, Napoleón…
Volvió a perderse en la multitud de grandes hombres y grandes mujeres, que atestaban el saloncillo de la anteinmortalidad; con grandes precauciones, en rociada rápida, fue arrojando a sus rostros el líquido corrosivo. La fisonomía se fundía en una mancha blancuzca, y las facciones quedaban comidas por el cáncer mágico.
Napoleón se quedó como un jeroglífico con su sombrero proverbial y operado el rostro por completo.
Del encerado plástico iba borrando seres y más seres simbólicos. Sólo quedaban los ojos colganderos en sus rostros de rana.
Henri no se atrevió a ir más allá, porque podía encontrarse cortada la retirada por alguien que se diese cuenta de la desaparición de las caras más célebres, vitrioladas por el surrealista. Volvió sobre sus pasos admirado del fenómeno grotesco de aquella conversión en nadie de los seres célebres. Iba orgulloso de haber vengado estulticias coronadas o sólo renombradas.
Le exaltaba de palpitaciones su delito de veinte lesas majestades y de numerosos genicidios. Había borrado media historia de la Francia oligárquica y altanera.

musee-grevin, Paris

¨¨

IV

La opinión reaccionó contra aquel vergonzoso atentado, como si en un solo día se hubiera ofendido a todas las glorias nacionales. En todo el público, las entrañas coléricas -corazón, hígado y riñon- se habían estrujado, hechas una pelota de indignación.
Todos los periódicos atacaban al surrealismo, porque el atentado tenía la marca inconfundible de ese grupo pernicioso.
(…).
– Al campesino hay que darle enseñanza obligatoria de surrealismo… El que las ciudades de provincia sean tan aburridas es lo que crea el monstruo de las grandes capitales.
(…).
Por ahí cerca andaba el Museo de la Legión de Honor, que crispaba a los surrealistas más que ningún otro museo, pero Henri comprendía que era el Museo más salvaguardado de Francia. No podía ser objetivo de sus rebeldías, pero en cambio, en el mismo trecho, un poco más abajo, se le ofrecían aquellas puertas aprovechadas para escaparates de galardones oficiales. Poderosa tentación a su agresividad de salvador de la vida era el ver el anverso y el reverso de aquellos relieves vanos.
(…).
Sentía deseos de arrancar de todas las solapas las medallas que convierten en perruna a la humanidad, sintetizando en un recorte de oro la inmovilidad de los méritos o de las conmemoraciones.

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