¡Socorro, un niño en el museo!, por Dolores Galindo

“¡Socorro, un niño en el museo!”, por Dolores Galindo.

Fuente: Social Museum

En cuanto un niño pone un pie en un museo español, todas las alarmas se disparan: los vigilantes se tensan y abandonan sus asientos para perseguir a los sospechosos. La libertad de circulación y la presunción de inocencia se suspenden cuando el sujeto de derecho tiene menos de diez años: “Llévelo de la mano”, “por favor, no se acerque demasiado”, correrán a indicarle los vigilantes del Museo del Prado. “El niño ha pisado la alfombra”, le acusarán injustificadamente en el Museo Romántico. Quizá alguno tenga una reacción más brusca: “señora, esto no es el Corte Inglés”, me espetó un vigilante del Reina Sofía cuando mi hijo de cuatro años descolgó sin ayuda los cascos de una vídeo instalación colocados para tal fin… Cuando, un año más tarde, reincidí en el MNCARS con cuatro niños (de ocho y cinco años), me pareció buena idea sentar en el suelo a los más pequeños para poder contemplar el “Guernica”. En seguida una vigilante acudió para disuadirme. Uno de los niños, asustado y contrariado se echó a llorar gritando. Rápidamente lo cogí en mis brazos para sacarlo de allí. El círculo de espectadores que habitualmente rodea el cuadro pudo contemplar la escena grotescamente paralela a la composición picasiana de mujer angustiada con niño en brazos.

Sería injusto decir que todos los vigilantes del MNCARS o de cualquier otro museo español son “anti-niños” pero está claro que no han recibido ninguna instrucción “pro-niños”. Esto es bastante contradictorio con las políticas “family friendly” o “child friendly” que trazan los responsables de las instituciones. En el mejor de los casos, los niños son bienvenidos en programas especiales, en talleres… pero cuando están dentro del museo solos se convierten en una amenaza. Aceptemos que realmente constituyan una amenaza (aunque jamás leí ninguna noticia de ningún objeto artístico dañado irremediablemente por un niño): esa no debería ser la sensación que se comunique a ellos ni a los adultos que los acompañan. Si el vigilante transmite ansiedad antes de que se haya actuado incorrectamente, esa sensación será la que prevalezca en una visita que debería ser educativa y divertida.

Hay instituciones que ofrecen instrucciones muy claras a los niños de cuál debe ser su comportamiento en el museo (el Smithsonian recopila aquí algunas: http://accessible.si.edu/MATM/social-stories.html). Está bien comprobar que los niños y los adultos que los acompañan las conocen y las siguen. Sin embargo esto no es incompatible con una actitud respetuosa hacia los niños. En Reino Unido el periódico The Guardian establece un listado de museos family friendly y en esta página establecen guías para que las instituciones museísticas acojan mejor a las familias: http://kidsinmuseums.org.uk/.

En nuestro país parte de la teoría la sabemos: existen cambiadores para bebés en los baños, se permite la entrada de agua para los niños, se empiezan a crear algunas guías especiales para niños, talleres… pero queda mucho camino para convertir nuestros museos en lugares acogedores para familias y niños y tal vez el primer paso podría ser sencillamente no prejuzgarlos como vándalos.

Natural History Museum, Smithsonian, por Scott Montreal, en Flickr

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