De EL RETRATO, de Nicolás Gogol

Nicolás Gogol: EL RETRATO (fragmento). Del ciclo de “Historias de San Petersburgo”, 1835-1842.

En ninguna parte se detenía tanta gente como en el almacén de cuadros del edificio Schukin. Aquel comercio presentaba, efectivamente, el conjunto más heterogéneo posible de novedades. Los cuadros en su mayoría eran al óleo y estaban cubiertos de una pátina verde oscura y rodeados por marcos de un tono amarillo oscuro. Sus temas corrientes eran un invierno de árboles blancos, una noche carmesí como el nacimiento de un incendio, un campesino flamenco con una pipa y un brazo roto, más parecido a un gallo indio en mangas de camisa que a un hombre. (…) Para estas obras se encuentran pocos compradores, pero en cambio hay muchos mirones. Seguramente, ya estará detenido ante ellas algún lacayo haragán que lleva los platos del restaurante a su señor, el cual, sin duda, no comerá la sopa demasiado caliente. Ante las litografías, también estará seguramente boquiabierto algún soldado, embutido en su abrigo y que vende en la feria un par de cortaplumas, y asimismo algún vendedor con una caja llena de pantuflas. Cada uno se extasía a su modo: los mujiks señalan habitualmente con los dedos, los caballeros miran con aire serio, los chicos de los restaurantes y los aprendices de los talleres ríen y se hacen burla con las caricaturas, los viejos lacayos de abrigos de frisa miran nada más que para bostezar a sus anchas en alguna parte, y las vendedoras ambulantes, las jóvenes babas rusas, corren instintivamente a escuchar lo que dice la gente y a mirar lo que ésta mira.

(…)
Pero… ¿dónde estaban los compradores de aquellos cuadros pintarrajeados, chillones y sucios? ¿Quién necesitaba a aquellos campesinos flamencos, aquellos paisajes rojos y azules, reveladores de cierta pretensión a un nivel superior de arte, pero que revelan su profunda humillación? Aquello no parecía en absoluto la obra de un niño autodidacta; si así fuera, aquellos cuadros, a pesar de todo su carácter caricaturesco y sin vida, habrían revelado algún arranque de ingenio. Pero aquí se veía simplemente estolidez, una mediocridad aventajada  e impotente, que por propia decisión se había instalado en la línea de las artes cuando su verdadero lugar estaba entre los oficios inferiores; una mediocridad que era fiel, con todo, a su vocación y aportaba su oficio al propio arte. ¡Los mismos colores, la misma manera, la misma mano cansada y rutinaria, que parecía pertenecer más bien a un autómata toscamente construído que a un hombre!…
Chartkov permaneció largo tiempo inmóvil ante aquellos sucios cuadros, sin pensar ya en ellos para nada…

Nicolás Gogol: EL RETRATO. Austral eds. Buenos Aires 1949. (Trad. de Leon Mirlas).

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