El doble filo del museo

“El doble filo del museo”, de Félix Pérez-Hita. Publicado en Cultura/s, La Vanguardia, 23-01-2013

Uno de los atractivos de las obras de arte hechas por los llamados outsiders (marginados, enfermos mentales, autodidactas, niños…) es que éstos, por lo común, no tienen en cuenta al público cuando las crean; los gustos y preferencias del público no entran en sus cálculos conscientes durante la fabricación de los objetos. Por otro lado, a la pregunta: “¿Para quién pinta usted sus cuadros?”, muchos artistas actuales contestan el tópico “principalmente para mí mismo”. Hace tiempo que esa respuesta se ha hecho sospechosa de falsedad. La corrupción que trae siempre consigo el dinero abundante ha producido artistas que sólo se preocupan de su cotización en el mercado y de las estrategias de comunicación que les puedan hacer medrar. De las obras de los llamados enfermos mentales o los niños, por el contrario, se supone que están hechas por una necesidad interior del autor, ajena a lo que pueda opinar su posible público, y eso los libra a priori de cualquier sospecha de prostitución.

El museo es la principal institución sancionadora del valor (y del precio) de las obras de arte, es decir, da fuerza de ley al valor que el libre mercado insinúa. No ha de extrañarnos que muchos galeristas compitan por que las obras de sus artistas formen parte de las colecciones de los museos. Pero hay artistas, y no sólo entre los marginales o fracasados, sino también entre los más o menos consagrados por la propia institución, que se niegan a trabajar sólo para el visitante habitual de galerías, para los amateurs ya familiarizados con el arte; se resisten a renunciar al público casual, al que simplemente pasaba por ahí.

Aunque esos artistas incómodos con y para el museo saben que el público casual tampoco entra en él con una mirada limpia o inocente, ni mucho menos; en sus cabezas resuena la desconfianza a un mundo cerrado, opulento y desconocido para ellos; en sus  ojos brillan todavía las imágenes rápidas, vibrantes y banales de la televisión y otras pantallas. El artista, si quiere captar la atención de ese Sr. Cualquiera, ha de competir – a veces también en banalidad – con las mil ofertas atractivas del mundo moderno. En el diseño de estrategias para captar clientes andan hoy ocupados muchos museos. Estas inquietudes han llevado a un auge de la atención dedicada a los formatos expositivos, a los contenedores del arte, al arte del comisariado de exposiciones, a los archivos, etc. Ya han empezado a musearse las maneras de exponer y musear.

Como dice Joan Fontcuberta, hoy las fronteras entre los distintos roles del mundo del arte se han difuminado: artista, comisario, teórico, galerista, archivista, etc. Algunos artistas juegan a cambiar las máscaras de esos personajes del arte y en ello consiste en parte su obra.  Nunca como hoy había estado la belleza artística tan fragmentada en géneros, subgéneros e híbridos; nunca tan dispersa en tal variedad de formas y proviniendo de fuentes de naturaleza tan distinta. Vale más que en su fecha la afirmación de Paul Valéry: “La simple proposición de una “Ciencia de lo Bello” debía ser fatalmente invalidada por la diversidad de las bellezas producidas en el mundo y en el tiempo. Tratándose de placer no hay más que cuestiones de hecho. Los individuos gozan como pueden y de lo que pueden; y la malicia de la sensibilidad es infinita”.

Cada estrato cultural pide placeres distintos a las artes. En ciertos casos de la historia reciente esa diferencia de placeres ha parecido insuperable. El exagerado distanciamiento sufrido entre el arte ilustrado y el gusto popular o de masas provino en parte de una protesta de los artistas contra la banalización y embrutecimiento de sus obras, pero la tensión entre ciertas minorías intelectuales y el resto de la población no es nueva. El arte popular se ha contrapuesto siempre a la llamada cultura superior y, aun sin salir del arte culto, siempre ha habido obras más simples o más complejas, más o menos exigentes. La gente a quien el arte intenta agradar no es siempre la misma y no puede esperarse un arte que pueda complacer a todos, ni siquiera dentro de la misma tradición o clase social.

Pero sigue habiendo distintos niveles en la experiencia de las artes: desde análisis serios y documentados que dejan hablar a las obras hasta meras proyecciones subjetivas de un espectador que nada sabe y cuya vivencia no dice (ni aprende) nada de ellas. Hay objetos kitsch, pero también una mirada kitsch que convierte cualquier obra, incluso las más logradas y complejas, en mero pretexto para dar rienda suelta a idioteces narcisistas. Las grandes obras del pensamiento o del arte se reconocen, decía Felipe M. Marzoa, en que son susceptibles de exégesis infinita, es decir: se las puede explicar e interpretar, sin agotarlas, eternamente; cada siglo, cada generación encontrará en ellas cosas nuevas y se verá reflejada de diferente manera. Y esto sucede no sólo en virtud de que la malicia de la sensibilidad de cada época es diferente y es lógico que cada una vea cosas distintas en los mismos objetos, sino que sería consecuencia de la propia riqueza de sentidos y pensamiento que ofrecen las obras mismas.

La vivencia artística está hecha de un ir y venir de la experiencia directa al estudio histórico y formal. Está en manos de cada espectador el ir lo lejos que pueda y quiera en su relación con las fabricaciones artísticas concretas. La cuestión es si los museos, como están hoy planteados, propician o entorpecen nuestra relación con el arte.

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