Ideología y cultura ¿cuestiones de espacio?

María Gil, “Ideología y cultura ¿cuestiones de espacio?”, 2013. Fuente: La Raya Verde

La exposición que se muestra en el interior del museo ARTIUM de Vitoria, agrupa diversas intervenciones y piezas a través de las cuales se insiste en tres aspectos claramente diferenciados y al mismo tiempo complementarios. En primer lugar, se incide en la capacidad del museo como generador de conductas “cívicas”,  a través de una especie de decálogo de normas o censuras impartidas desde la propia institución y asimiladas por el público en las salas expositivas; en segundo lugar, se habla sobre el valor que se le asigna a una imagen, es decir  su grado de iconicidad en función de determinados condicionantes; y por último se plantea cúal es la acción del espectador y sus posibles respuestas ante todo ello. En este sentido, más que un comentario sobre la exposición y las piezas que se presentan, me parece pertinente realizar una reflexión crítica sobre lo que de la mano de artistas como Guillermo Trujillano, Joan Foncuberta, Mireia C.Saladrigues, Andrés Hispano, Felix Perez-Hita, Oier Gil, Sandra Amutxastegi, Pau Figueres y Arturo Rodríguez; Jorge Luis Marzo nos viene a plantear.

¿Qué es un museo? Quizá esta sería la primera cuestión que podríamos poner sobre la mesa para iniciarnos en el debate. Y es que, en un tiempo en el que los museos y las salas expositivas de los grandes centros de arte han llegado a convertirse en contenedores turísticos de un espectáculo calculado y dirigido para las masas, lo que se viene a plantear a través de esta exposición parece más bien una cuestión de ideológia; y con ello me refiero específicamente a cómo una determinada ideología es transmitida en el museo a través de diferentes mecanismos basados en imposiciones espaciales y conductas asignadas, que acaban por transferir su discurso al espectador en forma de cultura digerida.

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Mural realizado con documentos del registro de incidencias del propio museo.

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Observando las pinturas de Andrés Hispano.

Desde sus inicios, nunca ninguna trasformación dentro del propio espacio expositivo fue tan revolucionaria como la que se produjo en las dos primeras décadas del siglo XX. En este tiempo, los museos y galerías de arte más importantes pasaron de ser concebidos como espacios en los que cada obra era vista como una entidad en sí misma, a espacios en los que cada “objeto” respondía a las necesidades de una narración ordenada y comprensible, apoyada en un modelo firme, -el  llamado White Cube, cuyo máximo exponente fue el MOMA de Nueva York- que acabó por implantarse como el único posible y que ha llegado casi intacto hasta nuestros días.  Las obras se presentan así en un espacio en blanco, impoluto, silencioso y amplio; un espacio que impone sus propias leyes, vaciando, reduciendo y transformando a cada “pieza” en  una entidad icónica a través de la repetición de un sistema de valores predeterminado que se expande más allá del espacio expositivo. Así, la adecuación del arte al discurso establecido a través del modelo imperante, hicieron del espacio expositivo la maquinaria perfecta para la implantación de la narrativa moderna, que inalterable ha llegado hasta nuestros días camuflada en diversos formatos bajo el manto de los “post” y la estética de lo raw.  Y es que tras la instauración del modelo de Alfred Barr ya hace casi cien años, la institución museística y sus herramientas han alcanzado tal grado de sofisticación y adecuación al medio que su propia naturaleza traduce de manera sustancial las formas de dominación que subyacen en el sistema social en el que vivimos, heredado a su vez del propio discurso de la modernidad. En consecuencia, el continente, sus formas y sus normas parecen en muchos casos haber sustituido al contenido, en una correlación de anulación y autoritarismo en la que el discurso queda enmascarado en una supuesta autonomía de la obra de arte. De esta manera, el museo se presenta hoy como un aparato sofisticado que sustrae del objeto artístico todo indicio que pueda interferir con el hecho de que tal o cual pieza se considere una obra arte, haciendo de ella un icono cultural y por lo tanto social.

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Los caracoles forman parte de la obra de Joan Fontcuberta.  

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Instalación audiovisual de Mireia C. Saladrigues.                                                         

Así, el espacio es por lo tanto el eje central por el que transcurre el discurso, sujeto a un orden y a un relato en el que lo pedagógico hace comprensible lo inabarcable y lo caótico, poniendo como condición la sumisión del espectador a una serie de normas o protocolos de conducta que ejercen una violencia implícita en la relación del espectador con la obra. En este sentido, como condición previa, el espectador debe sumergirse en una serie de imperativos silenciosos, reglas corporales e incluso morales que –supuestamente- le permitirán acceder a la tan estimada cultura, renunciando por otro lado a su derecho al comentario. Y es que, desde la propia institución museística la censura a la respuesta se impone justificada por  “el mal gusto” al que se asocian las acciones individuales fuera de los límites establecidos. Se anula así la capacidad de la obra de emocionar, de incitar o de suscitar cualquier tipo de respuesta por parte del espectador, haciendo de éste un agente pasivo y por consiguiente un receptor sin capacidad de respuesta.

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Presentación de la pintura de Moreno Villa.

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Vista general la exposición.  

No obstante, podemos afirmar que aunque los comentarios sean reprimidos, la capacidad de respuesta existe. Éstas se suceden tímidamente, encubierto, de forma clandestina; y así el silencio deambulatorio queda roto por pequeñas acciones que tratan de hacer de las piezas algo accesible, utilizando la apropiación como medio y generando pequeños acontecimientos que manifiestan e intensifican la necesidad de ese acercamiento a la obra de arte, desplazándola del limbo en el que se encuentra dentro del museo. Volviendo a la exposición que nos incumbe, una de las piezas que en este sentido me pareció más interesante, fue la serie de videos que configuran la obra “Radicalmente Emnacipado” de Mireia C. Saladrigues. En estos videos la artista presenta -mediante las experiencias de identidades contrapuestas relacionadas de un modo u otro con el mundo del arte-  la acción del robo como acto de apropiación de lo público, entendido desde diversas perspectivas: como necesidad, como un acto fetichista o simplemente como una posible respuesta ante un estímulo determinado. A través de estos vídeos y sintonizando las diversas experiencias que se muestran como ejemplo de respuesta dentro del espacio expositivo, se evidencia claramente como el discurso que se impone desde la censura, se niega o se anula a través del comentario, es decir, mediante la acción en el espacio, en el que las respuestas se manifiestan a través de pequeños acontecimientos abiertos al azar, al deseo y a la contingencia del momento.

Para concluir, simplemente me gustaría exponer una única idea. Si a principios del siglo pasado se impuso una revolución espacial ligada a la implantación y a la expansión del discurso moderno, quizá la única fórmula para el cambio de paradigma, para esa renovación del espacio expositivo se pueda encontrar en una revuelta temporal, en la que como afirma Jaques Ranciere en su libro “El destino de las imágenes”: lo nuevo no está en lo que se dice, sino en el acontecimiento de su retorno.

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