Una lectura de género del vandalismo artístico (1): ácido sobre Danae.

Fuente: Palomitas en los ojos

“Reconozco que he vivido para martillear una obra maestra”.

Como el tema es delicado, aunque a primera vista no lo parezca, conviene dejar claro los presupuestos en los que nos vamos a mover: primero, la violencia machista se define por la violencia física o mental ejercida contra las mujeres por los hombres. Segundo, el vandalismo artístico es una agresión realizada tanto por hombres como por mujeres contra objetos artísticos. Y tercero: la lectura de género del vandalismo artístico consiste en ver qué motivaciones de género pudieran haber detrás de esos ataques, tanto si se producen contra obras de arte figurativas (en las que vemos una mujer representada) como abstractas, tanto bidimensionales como tridimensionales, etc. etc. Es decir, que nos vamos a mover en un campo simbólico del arte, ese que a ustedes les encanta y que a la mayoría de seres racionales que me rodean no le encuentran ninguna utilidad, empezando por el ministro del ramo que cada vez que oye la palabra cultura se echa mano a la pistola.

Los que sí que echan, literalmente,  manos a las armas cuando oyen la palabra cultura o ven lo que las historiadoras del arte llamamos de forma apocada y atildada “una obra maestra” son los vándalos artísticos. Gente pues que tiene a bien arrearle un martillazo a una pietá, apuñalar un cuadro puntillista, agredir una fauno de terracota u orinarse en un bien inmueble. Hechos que si bien encuentran la natural repulsa de una sociedad que vive a tope “La noche de la cultura 2.0” consistente en hacerse las rayas de siempre, pero en el wáter de un atelier de moda… como decía, hechos que si bien encuentran la repulsa general de una sociedad sensibilizada con el arte encuentran mi respaldo personal, porque francamente yo, como el ministro del ramo, estoy muy aburrido del arte a no ser que incluya sangre a borbotones, animales heridos y pasodobles. Sin embargo, ojo, debemos tener cuidado con a quien apoyamos, no nos vaya a pasar como a los votantes del PP que ahora todo es un crujir de dientes… que el atacar el arte puede ser algo divertido, pero debajo de ese acto se pueden esconder la fuerzas del mal.

Yo es que cada vez que oigo la palabra cultura…

En  un artículo aparecido en la revista Woman’s Art Journal, escrito por Gridley McKim-Smith y titulado “The Rhetoric of Rape, the Language of Vandalism” se describen los azarosos percances que sufrió la obra de Rembrant, Danae, famosa por su precisa técnica, su calidad artística, su erotismo insinuante y su tema: Zeus en forma de lluvia dorada seduce a Danae (representada aquí por Geertje Dircx una de las amantes de pintor), quien abre su sábanas y extiende su mano en un gesto delicado pero evidente de disponibilidad sexual. Y que, en la década de los 80, fue tristemente famosa al ser atacada en el Hermitage, dentro de una Rusia agónicamente soviética, por un hombre anónimo tal y como nos relata el citado artículo:

Durante el verano de 1985, un hombre entró en el Hermitage de San Petersburgo, donde mutiló el Dánae de Rembrandt (1636) una imagen célebre de la vulnerabilidad sexual. Su cuerpo desnudo está abierto a nuestra mirada mientras levanta una mano vacilante a una lluvia dorada que es realmente Júpiter, un agresor sobrenatural que va a penetrar en sus defensas (…) ¿Cómo hemos de interpretar su acto? ¿Y cómo leer la respuesta “del partido y funcionarios gubernamentales de alto rango”, quienes ordenaron al museo “minimizar la magnitud del daño del cuadro,” y que restringieron severamente la información disponible al respecto? Dánae fue retirado de la vista en junio de 1985 y no fue expuesto al público hasta octubre de 1997″[1]

Cuando la obra volvió a ser exhibida doce años después, este atroz ataque fue explicado de una manera bastante gráfica por el reportero del New York Times John Russel, quien en su crónica sobre el suceso del 31 de agosto de 1997 escribió:

Pero un sábado por la tarde del verano de 1985, “Danae” fue atacada por un hombre que ha sido descrito como “un desviado”, un loco o un amargado ciudadano de un Estado del Báltico o de otra zona del país. Su identidad nunca ha sido revelada. Se abalanzó con un cuchillo sobre la pintura y lo clavó en la región baja del vientre de Danae. Aparentemente insatisfecho con el resultado, pasó a verter lo que se estimó era una botella de litro de ácido sulfúrico. Esto dio como resultado una masa oscura, burbujeante y maloliente que corría por la parte inferior del marco y que de allí caía en el suelo. En ese momento, el director del museo se encontraba en el campo, al igual que gran parte del personal del museo, ya que los fines de semana, por ejemplo, ningún miembro del departamento de restauración de pinturas se encontraba de servicio. Tampoco había nadie en el museo que pudiera identificar el ácido, el cual por aquellos momentos estaba claramente haciendo un gran daño al lienzo en su camino hacía el suelo.[2]

Con todo ese daño hecho y según declaraciones de los responsables del museo recogidas en ese artículo, la palabra “restauración” estaba de más: habían partes que no habían sido tocadas por el ácido y en las que habían sufrido daños no quedaba nada de los pigmentos originales.

A partir de este ataque al cuadro de Rembrandt en el artículo de Gridley McKim-Smith se recopilan otros ataques a pinturas como la del vándalo Robert Cambridge quien disparó con una escopeta recortada al pecho de la Virgen María en la pintura de Leonardo “La virgen con niños, Santa Ana y San Juan el Bautista” (c. 1499-1500) alegando llamar la atención sobre las condiciones económicas de Inglaterra (las balas no penetraron el cristal protector, pero éste, al hacerse añicos acabó causando serios daños). El caso del destructor de arte en serie Hans-Joachim Bohlmann, cuyo modus operandi era lanzar ácido a los rostros de las figuras y que posee una lista de cincuenta obras de arte dañadas como culminación de una vida de trastornos y tratamientos psiquiátricos agresivos empeorados por la muerte de su esposa con la que visitaba museos[3]. Casos a los que habría que sumar el ataque del performancer Gerard Jan van Bladeren quien pasó de defecar enfrente de cuadros de Van Gogh a pintar un signo del dólar en la obra “Suprematisme” de Kazimir Malevich alegando que dialogaba con el autor.

Según recoge Gridley McKim-Smith todos los textos que circularon sobre estos actos vandálicos personificaban las obras de arte, las humanizaban frente a su agresor: “herida de bala”, “la pintura corría como la sangre” o “el asesinato de una obra maestra”. En ese uso del lenguaje, unas veces informativo proveniente de la prensa, pero otras generado por las propias instituciones habitualmente sobrias a la hora de expresarse, no sólo se atribuían cualidades humanas a las obras sino que se las inscribía en un retórica de género particular: las obras eran mujeres que habían sido violadas, el ataque pertenecía al mismo campo conceptual que el de la violación:

Al igual que en otros ataques contra obras de arte, tanto en el incidente y la respuesta tiende a representar una retórica de vandalismo que es realmente una retórica de la violación. Estos actos registran una creencia implícita de que la pintura es más que una combinación de pigmento inerte y  lienzo, y en ellos el lenguaje utilizado describe a las pinturas dañadas como si estuviera hablando de las víctimas de asalto personal (…). [Las pinturas] son descritas en un lenguaje que les feminiza y que habla de ellas como si fueran víctimas de abuso sexual. Como Monique Plaza y Teresa de Lauretis ha señalado, hay una retórica de la práctica social de la violencia. Más importante aún, esta retórica es siempre de género: un hombre puede ser violado, pero será violado como una mujer. Sin embargo, como todo lenguaje, la retórica de los actos vandálicos no se queda dentro de los límites de un mensaje transparente, simple, ya que con él se comunica mucho más de lo que normalmente se reconoce. En el lenguaje de la destrucción del arte, la pintura no sólo se anima, sino que metafóricamente, el ataque se desarrolla como un ritual que es paralelo a de la violación. Al mismo tiempo que el vandalismo puede ser entendido como una violación, sin embargo, también hay que entender que esto es en gran medida una metáfora, que debe ser aplicada con delicadeza y teniendo en cuenta las excepciones y anomalías que pudieran surgir.[4]

Gridley McKim-Smith mantiene que subrayar la metáfora de la violación y los impulsos sexuales que pueden existir detrás de un ataque a una obra de arte debe ser entendido como una explicación más ante un acto de significados complejos como es el del vandalismo artístico. Un acto que no debe reducirse a una explicación simplista como la de la enfermedad mental o la reivindicación política. A ese respecto señala que en el caso de la desfigurizacion de Danae se barajaron varias hipótesis entre los motivos que pudieran haber producido el ataque siendo la más aceptada la del origen lituano del vándalo que convertiría esta acción en un acto de terrorismo político, frente a la hipótesis del abandono sentimental que sufrió el agresor, que también se barajó y que hubiera convertido el ataque en un acto de violencia contra todas las mujeres representadas en esta figura recostada.

McKim-Smith lleva este paralelismo “Danae (representación de una mujer)-pintura(técnica artística)-mujer” mucho más allá y nos pide que reconsideremos cuales son las categorías que asocian a esos dos elementos: las mujeres y las pinturas, por ejemplo, son asociadas con la belleza, lo que lleva a que los hombres y las grandes instituciones las posean como símbolos de status. Las mujeres y las pinturas comparten en las sociedades tradicionales el carácter de lo sagrado, de lo que no puede ser tocado, y que cuando es tocado, es arañado o penetrado por algún objeto, su valor se devalúa. Así mismo, las mujeres como las pinturas tienen para el pensamiento heteropatriarcal una fluidez de significados que las hace inaprensibles… Toda esa serie de significados son los subtextos que pueden surgir de una acción que según  McKim-Smith se desarrolló en ese caso en concreto dentro de los términos de la violación sexual:

En el caso de la Dánae, el ataque a cuchillo comenzó con los genitales del sujeto. A continuación, el atacante dejó el machete y cogió una botella de spray llena de ácido, con el que hizo cuatro chorros eyaculatorios en zonas muy distintas: los genitales, el abdomen, pecho, y finalmente la cara.

Según esta autora, no sólo las acciones de acuchillar / penetrar y eyacular / tirar ácido tienen correspondencia con las agresiones dirigidas a mujeres, sino que también comparte con ellas el alto índice de suicidios entre los agresores según aparece citado en el artículo en palabras de especialistas [5]: el hombre que atacó a Danae, por ejemplo, tenía explosivos alrededor de su pierna. Además existe otro elemento con el que Gridley McKim-Smith establece una comparación retórica (hemos de recordar que McKim-Smith se mueve todo el rato en ese ámbito de lo conceptual): ambos tipos de asaltos son envueltos por una especie de silencio informativo que en el caso del vandalismo artístico lleva incluso a ocultar las cifras con las que frecuentemente las obras son atacadas bajo el razonamiento de evitar el efecto eco y la replicación violenta. A su vez, como en los casos de violencia machista, la repulsa social no se corresponde con las penas impuestas a los agresores, donde como en el caso del ataque a la obra de Barnett Newman “Who’s Afraid of Red, Yellow and Blue? (III)” por el perfomancer Josef Kleer la comunidad artística incluso tuvo que presionar para que se endurecieran las penas.

El caso de  Who’s Afraid of Red, Yellow and Blue? (III) es significativo porque el ataque que sufrió esta obra no cosechó la repulsa pública de otros incidentes ya que el arte abstracto, más si se financia con fondos públicos (¿con qué otros fondos podría ser financiado?), no produce exactamente  muchas simpatías, más aún si esos temas artísticos son explotados por políticos y agentes culturales.  Por otro lado esa falta de empatía viene también justificada por una serie de opiniones y creencias alrededor de la disposición mínimal de colores y formas del arte abstracto, así como la agresividad de los colores puros, que ha sido popular y académicamente señalada como una especie de “atenuante” al ataque. Es decir, las grandes zonas de color del arte contemporáneo piden ser “rellenadas” para conjurar la ansiedad que cierta abstracción mínimal produce en el espectador, con ello, McKim-Smith expone que se sitúe el motivo del ataque dentro de la dialéctica de la propia obra estableciéndose otro interesante paralelismo con las violaciones: las obras abstractas como las mujeres vestidas de una determinada manera “lo están pidiendo”.

Junto a esa dialéctica de la víctima propiciatoria considerada como metáfora, resulta  en este caso muy significativo apreciar las consecuencias de los ataques para ver que incluso en un arte que no es representativo y que por lo tanto no contiene figuras que pudiéramos asociar con lo femenino, la pintura atacada se feminiza al asociarse a valores como desprotección, fragilidad, victimismo y finalmente despojo. Enlazando este último aspecto con la depreciación que sufre una pintura al ser atacada, que en el caso de esta pintura particular se tradujo en las palabras del crítico de arte Peter Moritz Pickshaus, cuando afirmó “incluso hasta dos años después de la restauración las cicatrices aún permanecen… y lo sublime ahora se ha perdido, se ha ido de la pintura”. Lo que lleva a Gridley McKim-Smith afirmar:

Existe una conexión entre vandalismo y violación y la supuesta incapacidad para restaurar la condición prístina de una pintura es una prueba más de esa conexión. Los museos son reacios a mostrar un cuadro que exhiben las marcas de la violación, y a veces una restauración que no ha tenido éxito a la hora de borrar las huellas de daño producido se convierten en algo más embarazoso el vandalismo original.

Todos estos ejemplos que hemos ido citando sirven para ilustrar, tanto una dialéctica simbólica que se produce entre el acto vandálico ejercido contra el arte y la violencia ejercida hacia las mujeres, como el hecho de que la mayoría de los asaltantes de arte son hombres. Sin embargo tal y como apunta Gridley McKim-Smith no debemos caer en las distinciones maniqueas de género, apreciando en lo que de razonable tiene la comparación incluyendo las diferencias, como por ejemplo que en el caso del arte existe un alto grado de exhibicionismo.  Pero, al mismo tiempo, debemos abrirnos a otros casos de violencia artística,  como la ejercida por mujeres, aunque sea bajo la inversión de género por la que un hombre puede ser violado pero siempre será violado como una mujer, y una mujer puede agredir a una pieza artística, aunque siempre lo haga como un hombre. Veamos el caso de Mary Richardson…


[1] El subrayado es mío. Woman’s Art Journal, Vol. 23, No. 1. (Spring – Summer, 2002), pp. 29-36.



[4] McKim-Smith, Gridley,op. cit., pp. 29-36.


[5] En el artículo se cita a Christopher Cordess y Maia Turcan quienes escribieron  “Art Vandalism” para el British  Journal of Criminology (Winter 1993): “The apparent frequency of suicide by assailants of art works after their attacks… appears to ‘mirror’ murder or other major interpersonal violence followed by suicide” en McKim-Smith, Gridley,op. cit., pp. 29-36.
Post a comment or leave a trackback: Trackback URL.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: