¿Por qué se destruye el arte?

Fuente: La Vanguardia

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El arte, con su presencia inmóvil y espíritu simbólico, acostumbra a ser una víctima fácil de abatir. La destrucción de los templos de Bel y Baal en Palmira es el caso más reciente de vandalismo artístico que ha dado la vuelta al mundo, obra de Estado Islámico. El grupo yihadista también ha presumido últimamente de dinamitar algunas ruinas de la ciudad asiria de Nimrudhacer añicos estatuas del Museo de la Civilización de Mosul (aunque los expertos afirmaron que la mayoría eran réplicas) o atacar a golpes de maza y disparos los restos de la ciudad histórica de Hatra. Pero ¿por qué el arte está en el punto de mira del fanatismo destructor?

“El arte siempre es vulnerable porque provoca respuestas, porque inconscientemente puede devenir en prototipo”, explican las expertas en iconoclasia Beatriz Yoldi y Dimitra Gozgou, autoras del estudio La destrucción del arte. Y aunque las últimas noticias publicadas en los medios de comunicación tengan a Estado Islámico como protagonista ejecutor, este tipo de agresiones son tan antiguas como la propia humanidad. “El arte, las imágenes, la arquitectura… son símbolos con los que una comunidad se siente identificada y destruirlos supone un golpe bajo contra su idiosincrasia”, explica Pedro Azara, arquitecto y profesor de Estética y Teoría de las Artes de la Universitat Politècnica de Catalunya. “Los líderes asirios destruían monumentos y ciudades cuando conquistaban un territorio, era una manera de imponerse e infundir terror”, añade. Lo que no deja de ser irónico… El IE actúa como antaño lo hicieron las culturas que ahora está demoliendo a su paso por Iraq y Siria.

Política y religión

Existen diferentes razones para atentar contra las manifestaciones artísticas. En el caso del IE, las motivaciones son tanto religiosas como políticas. “Aplican una interpretación extrema del Corán con carácter retroactivo”, explica Adelina Millet, directora del Institut del Pròxim Orient Antic. “Realmente creen que deben destruir todo aquello contrario al Islam, pero también saben que sus acciones atacan la memoria de Occidente, se trata de una agresión doble”, argumenta.

“Aunque a nosotros nos pueda parecer horrible, porque lo es, no es inaudito”, afirma Millet antes de poner algún ejemplo. “Los conquistadores españoles destruyeron todo lo que iba contra la religión católica y no solo arte, sino culturas enteras”. Y otro todavía más antiguo: “Cuando los griegos conquistaron Egipto, intentaron destruir las Pirámides, pero desistieron porque era un arduo trabajo, solo lograron agujerear un poco la de Micerinos”.

Cuando el predicador Savonarola quiso imponer una conducta ejemplar a la lujuriosa y humanista Florencia del siglo XV, muchas obras de arte consideradas paganas acabaron en las famosas hogueras de vanidad. La tradición cuenta que el mismo Botticelli lanzó al fuego muchos de sus lienzos de temática mitológica.

Y mucho antes, en el siglo IV, Teófilo de Alejandría destruyó el Serapeo, templo dedicado al dios egipcio Serapis (producto del sincretismo de las mitologías egipcia y griega). Esta agresión comandada por el patriarca copto simbolizó el triunfo del cristianismo sobre las otras religiones.

Más motivos iconoclastas

Las razones para dañar o destruir una obra de arte van más allá de las meramente políticas o religiosas. Una de ellas es la damnatio memoriae. Las representaciones artísticas de las personas condenadas al olvido por su propia sociedad también son condenadas a desaparecer. Es lo que les sucedió, por ejemplo, al faraón Akenaton y a la reina Hatshepsut durante el antiguo Egipto. Así, pues, han llegado hasta nuestros días magníficos relieves, por ejemplo, de la época de Amarna casi intactos: solo se ha eliminado, con gran precisión, la figura del faraón hereje. A posteriori, representaciones de reyes egipcios y de sus dioses paganos sufrieron los golpes de cincel del puritanismo de nuevas religiones. El dios de la fertilidad Min, representado siempre con el falo erecto, es de los que más sufrió este tipo de censura.

El exceso de decoro también ha provocado que determinadas esculturas sufriesen mutilaciones en los genitales o que en algunas pinturas se cubriesen las partes desnudas del cuerpo. El ejemplo más conocido se encuentra en la misma Capilla Sixtina pintada por Miguel Ángel. En el año de la muerte del artista, el papa Pío IV encargó a Danielle di Volterra que cubriese los desnudos del Juicio Final. La misma suerte corrió el fresco de Masaccio de la capilla Brancacci que representa la expulsión de Adan y Eva del paraíso. En el siglo XVII se añadieron unos racimos de uva para ocultar sus ‘vergüenzas’. Actualmente, gracias a la restauración, ambas pinturas han recuperado su aspecto original.

Sexualidad mal entendida

De hecho, la evocación sexual que emana de determinadas representaciones artísticas, sobre todo figuras femeninas, es una de las causas principales del vandalismo artístico. “Estadísticamente, los atacadores en su mayoría son hombres y muchos de ellos han agredido obras figurativas femeninas por motivos ligados al deseo y a la posesión sexual”, explican las especialistas en iconoclasia Yoldi y Gozgou. Por lo tanto, “actúan contra ellas para liberarse del deseo, como represalia por hacerles sufrir o como castigo por no poder ser reales”, argumentan.

Un ejemplo sería el ataque que sufrió La primavera de Bouguereau, que muestra a una ninfa desnuda rodeada de pequeños ángeles. Un fanático lanzó una silla contra el cuadro para evitar que su madre o hermana pudieran contemplar pinturas de este tipo. También fue dañada la Danae de Rembrandt, en esta ocasión, por arma blanca. El agresor le asestó cuchillazos en la zona del vientre y le roció ácido en los genitales, el vientre, los pechos y finalmente en la cara, a modo de eyaculación.

Los trastornos psicológicos que sufren algunos atacantes también es una causa habitual de agresión. “Los iconoclastas son en realidad más idólatras de lo que ellos creen”, explican Yoldi y Gozgou. “Establecen un vínculo emocional muy fuerte con la obra y llegan a considerarla como algo mucho más trascendental y espiritual de lo que en realidad es”. Los agresores proceden a eliminarla porque les provoca una emoción insoportable, según las expertas. Después, “la pérdida del objeto amado y odiado puede generar un sentimiento de culpa y responsabilidad que guiaría el agresor hasta la autoagresión o el suicidio”, apuntan en su estudio.

En este sentido, una de las obras más famosas atacada por una persona con problemas mentales es la Pietà de Miguel Ángel. Su agresor, que declaró que él era Cristo eterno y que no podía tener madre, asestó 15 martillazos a la Virgen, que perdió el brazo izquierdo, la nariz, las cejas y la boca. El asaltante de la Ronda de Noche de Rembrandt, que sufrió varias puñaladas, también se consideraba hijo de Dios y acabó suicidándose poco después.

En busca de trascendencia

Otro motivo para violentar una obra de arte es la trascendencia que se puede alcanzar con ello. Por ejemplo, la sufragista Mary Richardson atacó con un cuchillo en 1914 a la Venus del espejo de Velázquez, recién adquirida por la National Gallery por una gran suma de dinero. La activista feminista buscaba así que trascendiera su protesta contra el encarcelamiento de una compañera.

Aunque este fue un caso muy sonado que creó escuela entre las mujeres sufragistas, que atacaron unas 140 obras en medio año, vale la pena viajar hasta el siglo IV a.C. para recordar el caso más significativo de destrucción artística para alcanzar popularidad. El protagonista es Eróstrato, que el 21 de julio del año 356 a.C., incendió el Templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Su fin era pasar a la historia como el hombre que destruyó uno de los edificios más bellos del planeta. Los efesios reaccionaron prohibiendo, bajo pena de muerte, que nadie pronunciara o escribiera su nombre. Pero Eróstrato consiguió salirse con la suya. El término erostratismo hace referencia a la “manía que lleva a cometer actos delictivos para conseguir renombre”, según la RAE. Y la psicología habla del complejo de Eróstrato como el trastorno de un individuo para ser el centro de atención. Incluso Cervantes lo nombra en el Quijote.

Reconstrucciones costosas

Muchas obras atacadas a lo largo de la historia se han podido restaurar o reconstruir, sobre todo en la actualidad. Es el caso, por ejemplo, del Partenón de Atenas, destruido por los venecianos en 1687 cuando asediaron la ciudad controlada por los turcos. El templo de Atenea, que se había convertido en el polvorín otomano, saltó por los aires ante el bombardeo veneciano. Tal y como lo vemos hoy es fruto de la reconstrucción efectuada en el siglo XX.

“Cuando llegue la paz, y si hay voluntad y recursos financieros, se podrán reconstruir los templos de Bel y Baal en Palmira”, explica Azara recordando los últimos edificios históricos que la mano del hombre ha hecho añicos. “Un monumento siempre se puede reconstruir, y más si es de piedra”, insiste, “pero el daño humano es irreparable”, aludiendo al recién asesinato por parte del IE del arqueólogo de 82 años Jaled Al Asad, antiguo responsable de Palmira y uno de los grandes conocedores de la historia de estas ruinas. “El conocimiento de una persona no se puede restituir, no olvidemos que el ser humano es quien da valor e interpreta los símbolos”, concluye.

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