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Faking Rothko

 

Varios expertos que han declarado en el juicio sobre la venta de arte falso en la galeria Knoedler de Nueva York han reconocido ante el juez Paul Gardephe que no distinguieron una obra falsa de una original cuando confirmaron la autenticidad de los cuadros. El juicio, que tiene en vela al mundo del arte, ha sido suspendido, provisionalmente, en la cuarta semana de su curso.

Stephen Polcari, de la Universidad de California y autor de Abstract expresionism and the modern experience, fue cuestionado de la forma siguiente: “¿Usted ha dicho que todos los rothkos se parecen?”. A lo cual él contestó: “Sí, Rothko es famoso por tener estilo propio en su firma”. El interrogatorio continuó: “Respecto a la firma, ¿podría distinguir una verdadera de una falsa?”. El académico negó con la cabeza: “No”.

Un cuadro de Rothko, vendido en el 2004 a Domenico y Eleanore De Sole por 8.3 milones de dólares (6.6 millones de euros), es la base de una de las demandas contra la galería. El experto en Rothko no es el único que ha tenido que reconocer su error ante el juez, David Anfam, autor del único catálogo razonado de la obra rothkiana, ha sido más sutil en su declaración al constatar que él nunca aseguró que fuesen falsos aunque tampoco confirmó que fuesen auténticos.

Las dudas no sólo afectan a artistas del calibre de Mark Rothko sino que el historiador Jack Flam, especialista en Robert Motherwell, tampoco se percató de la obra falsa en el 2006. Estos casos destaparon la red que falsificaba y vendía obras, supuestamente, de Jackson Pollock, Willem de Kooning, Franz Kline, Sam Francis, Lee Krasner, Clyfford Still y Barnett Newmanentre otros. Desde 1994, cuando la mexicana Glafira Rosales, en nombre del heredero de un coleccionista anónimo suizo (míster X), vendió el primer cuadro a Knoedler & Company, hasta 2009, unas 60 obras de arte (cuatro por año) fueron adjudicadas a coleccionistas y compradores por un total de 60 millones de euros de facturación, según las cifras que se han citado en el juicio. Los beneficios de la galería fueron de más del 50%, es decir, más de 30 millones de euros.

La galería Knoedler, que llevaba 170 años en funcionamiento con impoluta reputación, cerró abruptamente en 2011. Su directora Ann Freedman dejó el puesto. La mexicana Glafira Rosales tenía de compañero sentimental y compinche al gallego José Carlos Bergantinos Díaz, quien proveía los cuadros del chino Pei Shen Qian, un artista llegado a Nueva York que producía su propio arte aunque vivía de las falsificaciones que le compraba el gallego. La trama se destapó en el 2012 y el español fue detenido en el 2014 en Sevilla. Se ha resistido a la extradición a Estados Unidos de América para el juicio. Glafira, en cambio, se ha declarado culpable.

Pero no todos los expertos en el expresionismo abstracto americano fueron contratados por la Knoedler para autentificar obras. Algunos de los que trabajaron para la veterana firma olieron lo que se cocía entre el chino, el gallego y la mexicana durante 15 años. El historiador John Elderfield, y hasta el hijo de Rothko, Christopher, han declarado que sus nombres fueron utilizados sin su permiso en las transacciones y autentificaciones de piezas atribuidas a Mark Rothko.

El mundo del arte mira con lupa cada testigo y declaración que se produce en el juicio. Nadie da crédito a que el timo artístico y comercial pudiese prolongarse durante 15 años entre nombres de tan buena fama como la galería centenaria, los sabios académicos y los expresionistas abstractos.

Fuente: El Mundo. Más en The Guardian.

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Pintura de Mark Rothko que ha resultado ser falsa

Aquí, algunos esbozos gráficos de las sesiones del juicio, aparecidos en Illustrated Courtroom.

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Why the sudden trend to attack paintings?

Podríamos afirmar que existe una moda por atacar y pintarrajear pinturas?

Este artículo en The Gaurdian expone los recientes casos de pintadas al retrato de Isabel II, a un mural de Mark Rothko y a La libertad guiando al pueblo para especular sobre algunos posibles motivos al respecto. Lástima que no lo desarrolle en más profundidad.

Gracias Elena Vozmediano por el pase!

Queen

The Queen’s portrait and (right) an image of it after the attack. Photograph: Getty Images

 

Is there a sudden fashion for attacking works of art? The recent paint assault on a portrait of the Queen in Westminster Abbey was the latest in a stream of acts of art vandalism.

Last October at Tate Modern a man scribbled on Mark Rothko’s Black on Maroon. He claimed his destructive act was a creative gesture, but this cut no ice with a judge, who sentenced him to two years in prison. This February, a woman defaced one of the icons of French art, Liberty Leading the People by Delacroix, at the new outpost of the Louvre in Lens.

That is three highly publicised art attacks in less than a year. It looks as if a shared spirit is gripping the assailants. In all three cases over just a few months, each attacker thought she or he was making some kind of public statement. This is in contrast with previous art vandals who have attacked works such as Poussin’s The Adoration of the Golden Calf or Rembrandt’s Danae for more baffling reasons. The latest art attackers are saying something, or think they are. Vladimir Umanets damaged the Rothko in the name of an art movement called “yellowism”. The art assailant who picked on the Delacroix wrote “AE911” on it with a marker pen – referring to a website that deals in 9/11 conspiracy theories. The suspected royal-art defacer also has a cause – reportedly wanting to draw attention to his having lost contact with his children.

Museums hate articles such as this one, for a good reason: they fear that publicising art vandalism invites more. And it is plausible that a real lust to attack art is gripping people who have noticed the sheer publicity it can bring to what might otherwise be lost causes.

This is an age of protest. If you have a cause you can share with lots of other people, you take to the streets. But what if your cause is too strange or overlooked for mass protest? Attacking an authority figure is one way to get it in the headlines, and as authority figures go, paintings are vulnerable. A portrait of the Queen has a lot less security around it than the woman herself. A museum is a tranquil place where a moment of destruction can catch guards unaware. The results can be gratifying, if you are desperate to get your voice heard.