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No tocar, por favor. El museo como incidente (programa SOY CAMARA, TVE)

Nueva edición del programa SOY CÁMARA (TVE-CCCB).

Nos preguntamos por ese lugar que lleva ahí tanto tiempo, por ese edificio que provoca tanto trajín de personas. Nos preguntamos por el museo, por su sentido, por sus normas. Parece que la frase “no tocar, por favor” es la letanía que todavía resuena en ese espacio y nos preguntamos por qué es así y si va a sonar siempre igual.

El programa del CCCB “SOY CAMARA”, que bajo el título NO TOCAR, POR FAVOR. EL MUSEO COMO INCIDENTE se emite el sábado 19 de octubre en La 2 de TVE, intenta explorar la relación entre el público y el museo para comprender cómo se despliega la autoridad cultural, pero también cómo se establece una desobediencia, una disidencia cultural.

Cuando cogemos una obra de arte de un museo y la situamos en un contexto descodificado artísticamente, la respuesta hacia esa imagen u objeto es del todo diferente de la que habitualmente se desarrolla en el museo. Así, el museo se convierte en un espacio de tensión institucional, en el que los movimientos, las normas y las formas se amalgaman bajo una liturgia cultural que nos afecta. Observar esas afecciones de la cultura resulta conmovedor.

NO TOCAR, POR FAVOR. EL MUSEO COMO INCIDENTE toma como punto de partida el registro de incidencias del Museo ARTIUM de Vitoria, recogido por su personal de seguridad entre 2003 y 2012, para tratar actitudes iconoclastas e idolátricas, recoge opiniones diversas (historiadores, artistas, personal de seguridad e individuos) y nos cuenta por qué hay gente que se enfada en un museo. Participan en el programa Mireia c. Saladrigues, Andrés Hispano, Joan Fontcuberta, Félix Pérez-HIta y Jorge Luis Marzo.

NO TOCAR, POR FAVOR. EL MUSEO COMO INCIDENTE es un proyecto expositivo realizado en el Museo Artium entre mayo y septiembre de 2013. Puede acceder aquí al blog del proyecto, y el libro editado para la ocasión puede descargarse aquí.

Ficha del capítulo
Guión y dirección: Jorge Luís Marzo y Arturo Fito Rodríguez
Realizador: Juan Carlos Rodríguez
Sábado 19 de octubre a la 1h 30’ en La 2 de TVE
Soy Cámara. El programa del CCCB. Capítulo 31
No tocar, por favor, 30’

Y un extenso recorrido fotográfico por nuestra publicación…

Que aquí no puede ser exhaustivo. Así que para más información visita esta otra entrada.

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Sigue leyendo

No tocar, por favor: ya en formato de libro

No tocar, por favor, el trabajo del presente blog y de la exposición celebrada en Artium, acaba de aparecer en formato de publicación. Con edición de Jorge Luis Marzo y diseño de Lulú Soto, contiene colaboraciones de Andrés Hispano, Joan Fontcuberta, Mireia c. Saladrigues, Félix Pérez-Hita, Guillermo Trujillano, Arturo fito Rodríguez, Oier Gil, Sandra Amutxastegi, Pau Figueres y JL. Marzo.

PDF en castellano

PDF en euskera

portada

No Touching – Publicación de Radicalmente emancipado(s)

Sobre el robo de partes o elementos de arte contemporáneo.

Descarga el PDF.

Libro intervención para el catálogo de Composición del lugar II: Audiencias cardinales, ciclo de Álex Brahim.

Catalan, Castellano e inglés.

Abril de 2012

Más información aquí.

Radicalmente emancipado(s) con subtítulos

Entering fully into the analysis of the institution as a space of social production, and motivated by what Foucault theorised as societies of control and the way they are reflected in the artistic framework, Mireia c. Saladrigues recently focused on the social fixation of the roles of the public, and on the surveillance systems of art centres and museums.

This gave way to “Radically Emancipated” (2011), a documentary work in progress, the initial results of which became the basis for her intervention in “Cardinal Audiences” in the form of video capsules, objects and documents. Somewhere between the prohibited and the sublime, Saladrigues looks at the experience of thefts of fragments of artworks that have been carried out in Barcelona by perpetrators who see their actions as exercises in profound and respectful communion with the work. In this vision of the desire to transcend the ephemeral experience of contemplation – through appropriation – Mireia touches on fetishist materialisation and possible impertinence in the face of security codes and regulations, but also comments on the poetry and politicisation required by the inner time of use of the artwork, beyond throwaway consumption and its domains of safeguarding.

Radicalmente Emancipado(s), de Mireia c. Saladrigues

Radicalmente emancipado(s)
Un proyecto en proceso de Mireia c. Saladrigues

Radicalmente emancipado(s) investiga apropiaciones de fragmentos de obras de arte acontecidas en algunos espacios expositivos de Barcelona en los últimos años. Estos hurtos han sido realizados en circunstancias similares y poco comunes, por lo que tanto cuerpos de seguridad como trabajadores de las salas los atribuyen a un individuo o un grupo concreto. Una serie de vídeos y documentos distribuidos a lo largo del Espai Cultural Caja Madrid parten de estas sospechas, para plantear al visitante qué posibles motivos estéticos e intelectuales provocan a cierto(s) espectador(es) realizar tales sustracciones, consideradas como vandálicas por el consenso social, pero celebradas por algunos como gestos de comunión artística o actos políticos.

Los códigos de comportamiento en un museo están claros. Los mecanismos de protección y de seguridad de las obras lo hacen evidente incluso para el espectador no iniciado.

Sin embargo hay visitantes que rompen con esas normas para poder llevarse algún elemento o pedazo de obra… ¿Recae toda la responsabilidad de ese gesto sobre el espectador? ¿O de alguna manera las obras, los artistas e incluso las salas de arte incitan a que aquello suceda?

Notas sobre el robo como diálogo con la obra de arte

NOTAS SOBRE EL ROBO COMO DIÁLOGO CON LA OBRA DE ARTE.

Por Andrés Hispano y Félix Pérez-Hita. En la presentación de la exposición “Radicalmente emancipados”, de Mireia c. Saladrigues

“ET POUR TA PUNITION, TU FERAS DE TRÈS BELLES CHOSES.
 Voilà ce qu’un Dieu, qui n’est pas du tout Jéhovah, dit véritablement à l’homme, après la faute.” (Paul Valéry).

El robo está en los mitos fundacionales de la cultura occidental. En el Génesis tenemos a Eva robando la manzana del Árbol del Bien y del Mal; en la Antigua Grecia tenemos al Titán Prometeo, que roba el fuego a los dioses para dárselo a los hombres. Podría hacerse una extensa lista de los mitos de otras culturas que incluyen el robo (o el rapto) dentro de sus tramas.

Continuaremos con una perogrullada: aquello que nadie hace no hace falta prohibirlo. Y al revés: lo que se prohíbe mucho es porque la gente lo hace a menudo. Para saberde qué pecamos más sólo tenemos que fijarnos en los Diez Mandamientos de la Ley de Dios o en los Siete Pecados Capitales.

Al hablar acerca del robo como diálogo con la obra (o con el artista), se ha de pensar en las reliquias de la Iglesia católica: los restos de los santos muertos y cada una de las partes en que dividieran sus cuerpos, así como los ropajes y objetos que pudieran haber estado en contacto con él, considerados dignos de veneración. Si reconocemos que ahí se produce un diálogo del creyente con el santo y con la divinidad, tendremos que admitir que alguna relación tiene eso con lo que aquí nos ocupa.

Las reliquias incorporan, en su habitual urna de conservación, una tremenda paradoja: protegen su contenido a la vez que incitan a tocarlas. La lección está bien aprendida en museos y comercios: cualquier objeto multiplica su valor tras un cristal. Pero de la admiración al deseo, y a la tentación de alargar la mano, hay poco trecho, y menos aún si urnas, pedestales y oropeles se encargan de estresar una necesidad de posesión que quizás no existía un minuto antes.

Como sucede con el fetichismo y los amuletos de otras supersticiones, tener una reliquia significaba poseer una protección especial, lo que llevó al deseo y comercio de éstas a cualquier precio. El culto a las reliquias ha sido siempre un fenómeno de gran importancia social, económica y cultural y, por lo tanto, las reliquias han sido objeto de robos y falsificaciones, igual que sucede con las obras de arte después de la conquista de su autonomía.

Lo primero que nos enseñan los museos es a admirar. Sólo así se explica que gentes sin educación alguna reconozcan como bella y valiosa una escultura griega destrozada. Es el pedestal, las escaleras que llevan a ella y el edificio entero como marco, pero también la escenografía de la acumulación y la diversidad lo que nos hace reconocer aquello con valor. Porque el museo, el decimonónico, nos ha sido presentado como un depósito, nuestra cueva del tesoro con un botín de objetos desplazado, reunidos, conquistados, robados y desenterrados aquí y allí, en los confines de cada imperio. Poco más son el resto, incluso aquellos que ya se han desprendido de la costra ornamental, los que muestran sobre blanco colecciones de magnates reunidas siempre en oscuras circunstancias. En lo esencial, el espectador es tratado de igual modo: intimidado por el aire clínico o palaciego, asediado por las cámaras y los vigilantes, y mandado a callar, mirar y no tocar. Vamos, devueltos a la infancia por un rato. ¿Cómo no vamos a pintar un bigote a la Gioconda, arrancar a correr por el Louvre o robar un puñado de pipas de porcelana?

Pensemos también en la cleptomanía, que, según los manuales, es un trastorno del control de los impulsos que arrastra al sujeto al robo compulsivo. Algunos quisieran tener a todo el mundo bien fichado, para no dejar entrar en los museos a quienes, por ejemplo, llevaran el carnet de cleptómano. Pero lo de robar algo impulsivamente en un museo es un ataque que puede sobrevenirle a cualquiera, en el momento más inesperado, como el amor o la muerte. La falta de profesionalidad del ladrón (o sus arranques esporádicos de cleptomanía) es lo que lo hace incómodo y peligroso, el estar en un territorio difuso, indeciso, sin identidad clara ni definida.

Cada época define su marco de normas ético-jurídicas y en cada momento es la clase dominante la que hace esa definición de lo que ha de ser considerado delito. Así, también existe un robo o secuestro del significado de las palabras (“Lo llaman democracia y no lo es”). Conviene recordar aquella viñeta de El Roto en El País: “No dejéis que los que os roban decidan acerca de qué es robo”. Porque quien en cada momento histórico tiene el poder de decidir sobre el significado de las palabras, ése tiene el Poder, a secas.

Ese robo por parte del poder de lo que debería ser público ha sido algo habitual en la historia, con todo tipo de excusas y mentiras sangrientas (monarquías, iglesias, partidos políticos, deporte, economía, etc.). Quizá el progreso social pudiera medirse como la paulatina y costosa recuperación por parte del pueblo y los ciudadanos de lo que el poder le había robado o secuestrado.