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Continuum, de Jaime Conde-Salazar

Acciones del artista Jaime Conde-Salazar, englobadas bajo el título Continuum, en 2012. En palabras del propio artista, “Continuum es un espacio para la investigación y la experimentación en el campo de las artes vivas: prácticas afectadas por ciertos procesos de desaparición en los que la obra deja de ser un objeto y se convierte en parte de nuestros cuerpos vivos, de nuestra memoria”. El proyecto citaba en diez días distintos a las personas interesadas en participar en el Museo del Prado de Madrid y, de forma infiltrada, procedían a rodear las expectativas promovidas por el museo.

Estas son las notas del artista para cada día de visita.

Primera visita: Empieza el último festival In-Presentable. Diez años, diez días, cien artistas.
Mi primera contribución es un plan: mientras dure el festival, cada día a las 10:00 de la mañana haré una visita al Museo del Prado. Durante los primeros quince minutos haré siempre el mismo recorrido en silencio y me expondré a los efectos de las mismas obras. Como quien visita a su familia. Después de esta rutina, se verá lo que se hace dependiendo de los acompañantes de cada día.
Primer día del festival, primera visita. El recorrido fijo se define, finalmente.

1. Entrada por el acceso Jerónimos
2. Joaquim Patinir, El paso de la laguna Estigia. Planta 0, sala 56
3. Roger van der Weyden, El descedimiento. Planta 0, sala 58.
4. Tintoretto, El lavatorio de los pies. Planta 1, sala 25 (galería principal)
5. Annibal Carracci, Venus, Adonis y Cupido. Planta 1, sala 26 (galería principal)
6. Tiziano, Carlos V en la batalla de Muhlberg. Planta 1, sala 27 (galería principal)
7. Desde donde esté mirando el cuadro anterior, me doy media vuelta para ver: Diego de Velázquez, Las Meninas. Planta 1, sala 12
8. Diego Velázquez, Cristo crucificado. Planta 1, sala 14
9. Diego Velázquez, Cabeza de ciervo. Planta 1, sala 10.
10. José de Ribera, El sueño de Jacob. Planta 1, sala 9.

Segunda visita: Madrid no es Lisboa. No tenemos un gran río que amanse el trajín cotidiano de la ciudad, ni un océano en el que recuperar la calma y refrescarse una vez que ha pasado la fiesta de San Antonio y llega el calor. Aquí, en medio de la meseta, el agua está por debajo y, por eso, hay que buscar el frescor donde crecen los árboles, en las verduras que la estupidez urbanística municipal todavía no ha transformado en desoladoras llanuras alicatadas. Entre los pequeños oasis que aun resisten, sin duda destaca el que no deja de crecer a lo largo del paseo del Prado, entre la plaza de Cibeles y Atocha. A esta antigua cañada van a parar las aguas que se filtran desde el parque del Retiro y desde la zona de la Puerta del Sol. Los enormes árboles que allí crecen desde antiguo crean un lugar especialmente fresco y agradable a pesar del ruido de los coches. Entre todos esos plátanos, cedros y magnolios gigantes está el Museo del Prado que, lejos de arruinar el entorno, parece parte natural del jardín. Como sugiere Ángel González es fácil imaginar que los cuadros que se guardan en el museo han nacido y crecido del mismo suelo del que han nacido y crecido los árboles del paseo ( Pintar sin tener ni idea, 2007: 291). Así, podría pensarse que pasear entre los árboles o entre los cuadros  podrían entenderse como cosas parecidas: una manera de buscar el frescor.
En esta segunda visita me dejo llevar por florecillas, hierbas varias, fuentecillas, frondosidades, copas, ramas, cascadas, remansos, arbustos y sombras que aparecen en las pinturas.  El museo despliega todo su frescor de primera hora de la mañana, antes de llenarse del ruido de los visitantes. De repente, todo resulta más llevadero.

Tercera visita: Hoy  sábado 16 de junio de 2012 es día de grandes celebraciones y, con el lío, acabo confundiendo la National Gallery de Londres con el Museo del Prado. De repente todo se parece inquietantemente a Trafalgar Square.  No me espanto, sigo con mi plan: hay que entrar en el museo. Sé que si dejo a mis pies a su aire, ellos me conducirán al origen, al motivo de las celebraciones. Yo no digo nada y me dejo llevar. Cruzamos salas a paso ligero hasta llegar al lugar. El Bautismo de Cristo de Piero della Francesca. El agua cae en vertical perfecta, moja el cráneo, la nuca y recorre toda la espalda. La posición erguida es el principio de todo. El Bautismo tiene que ver con cómo se coloca la espalda, con la columna vertebral que se alarga perpendicular al suelo. El agua cae de arriba abajo y la cabeza se eleva de abajo arriba. Se trata de crecer como una planta, como el árbol pintado al lado de Jesús, como los árboles del paseo del Prado, como los cuadros que crecen dentro del museo. Bautizar es un poco como regar, para que las plantas crezcan: tallos como columnas. Regar y regar hasta tener un jardín bien bonito y, cuando el frescor y el verdor lo permitan, celebrar una gran fiesta que dure un día entero, desde por la mañana hasta por la noche. Pasar el día, dejar que las horas transcurran sin interrupciones, entregados al puro estar. Llegado el momento hay decidir qué planta quiere ser uno: una hortensia, una palmera, un pruno, un magnolio, unas petunias, … y dejarse agasajar por el frescor de la esperada noche. En este jardín empieza todo.

Cuarta y quinta visita: El museo está casi vacío. Si se toman las decisiones adecuadas y se evitan los puntos difíciles, es posible encontrarse solo en salas vacías (sobre todo, en las de la planta baja) sin más molestia que los ruidos lejanos de los comunicadores de los vigilantes. En estas salas no hay otras ventanas que no sean las pinturas. Son como cuevas perforadas por proyecciones que abren vistas al infinito. Llegar a Patinir y quedarse allí, de pie, mirando el horizonte. El verde de los primeros planos se transforma en azul a medida que la distancia crece. En ese azul hay una especie de júbilo por el descubrimiento de la profundidad. Allá a lo lejos, se revela la visión, la posibilidad misma de ver: ese infinito brillante e intenso no es otra cosa que el reflejo simétrico de nuestros propios ojos. La fuga azul es la prueba de que es cierto que estamos allí mirando. Y de tanto mirar los ojos llegan a ponerse azules…
Hoy ha llegado el primer invitado. ¡Qué difícil hablar y mirar al mismo tiempo! ¡Qué apuro la sola idea de haber interrumpido la mirada de mi acompañante con mis palabras!

Sexta visita: Cuatro visitas, cuatro chicazos, cuatro horas dentro del museo. Hasta hoy la cosa había sido suave y relajada. Pero el jueves llegó el momento de partirse la cara y darlo todo. ¡Todo por la pintura! Mirar hasta que duelan los ojos, hablar hasta que no quede voz.  Que el entusiasmo no se agote. Que la fatiga no asome el hocico. Dejar que las imágenes nos lleven de la mano: ver y entender son experiencias hermanas. ¿Lo ves? Sobre todo, no parar de perseguir lo importante: buscamos miradas, buscamos los ojos que nos revelen verdades, todas las verdades posibles. No temer a que los ojos pintados tomen el poder y pongan en cuestión nuestra presencia. Aceptamos que nuestra existencia dependa de las miradas que se lanzan desde dentro de la pintura. Renunciamos a nuestro poder y nos convertimos en ciervos: el cuadro de Velázquez nos sirve de espejo. Somos un instante fugaz a punto de salir disparado y desaparecer en el bosque. No hay cazador más rápido que nosotros. Ese es el regalo que nos tenía preparado el Museo. Aquí la historia del arte no tiene nada que decir. A nosotros Goya nos come la polla.

Octava visita: Las expectativas acaban obligando a la realidad a ser de una sola manera  imponiendo unos límites rígidos a lo que puede suceder. Ejercer este tipo de fuerza sobre el mundo tiene un precio: el grupo de invitados, más numeroso que los días anteriores,  llegó a la puerta y se encontró con mi ausencia. Esperaban que una voz autorizada les guiara e hiciera de intermediario entre ellos y las imágenes. Y se encontraron solos en el gran museo sin nadie que lubricara sus miradas. No les quedó otra que tragarse el miedo y lanzarse a caminar por si mismos. A algunos mi ausencia les sirvió de estímulo para descubrir el camino que solo a ellos les tocaba recorrer. Mientras que a otros les dejó enganchados en la expectativa incumplida y durante varias horas habitaron en la frustración. Cada uno tuvo lo que más le convenía. Entre tanto, yo vigilaba sus movimientos llenos de incertidumbre utilizando las imágenes recogidas por las cámaras de seguridad. Mi ausencia no pasó por deshacerme de mi cuerpo sino por convertirme todo yo en ojo.

Novena visita: La visita del día después, la que nadie esperaba. Se trató de pasar  entre imágenes la resaca de la meditación colectiva y desmadrada de la noche anterior. Un mensaje furtivo confirmó que el evento iba a tener lugar tal y como había sido prometido. Un único cambio: esta vez todo empezaría a mediodía. Nuestro mediodía prepararía la medianoche. Como quien comienza a juntar maderas para hacer la gran hoguera de San Juan, nosotras hicimos acopio de pinturas.  Ellas serían nuestro combustible para transformar todos los restos inútiles que acarreábamos del invierno. Por suerte, me acompañaron las tres mujeres poderosas. Dentro del museo no había nada que decir, las palabras se habían agotado y lo único importante era vaciar las salas, limpiar todas las ramas secas que habían crecido dentro de las salas. En dos horas justas las paredes quedaron vacías. Gracias a las audioguías pegadas a las orejas de los visitantes, nadie se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y pudimos trabajar sin interrupción. A las tres de la tarde ya estaba construida una pira de diez metros de alto en el centro del Jardín Botánico. Ya sólo quedaba esperar a que llegara la noche y con ella el fuego. Los cien artistas aceptaron ser esclavos: todo con tal de conseguir el fuego. Llegado el momento, caído el sol, reventaron las puertas de la casa, corrieron hasta la pira y encendieron la hoguera por siete puntos distintos. Las imágenes ardieron con rabia, cubriendo el cielo con un humo denso que, al ser inhalado produjo alucinaciones entre propios y ajenos. Imágenes inhaladas. Tras el fuego caímos agotados y nos quedamos a dormir entre los arbustos, en los bancos, rodeados de nombres en latín escritos en placas.

Décima visita: “No pude evitar volver al museo al día siguiente. Sería la última visita. Esta vez no tenía gana de compañía así que me aseguré de no despertar a ninguno de mis compinches que seguían dormidos entre los setos con nombre del Jardín Botánico.  Quería comprobar que, tras la gloriosa hoguera de San Juan, las salas se habían quedado vacías y las paredes desnudas. Para mi sorpresa, descubrí admirado que todos los cuadros colgaban en su sitio: se conoce que la humedad de la noche había hecho que volvieran a brotar de las paredes.”

PRESENTACIÓN-ANDRÉ-380

Gracias a Sergi Faustino por la noticia.

“Las religiones dividen, los museos forman ciudadanos del mundo”

Reflexiones de Neil MacGregor, sobre los retos a los que se enfrentan los museos de todo el mundo.

Fuente original: Artículo en El País 17-Abril-2013

Neil MacGregor (Glasgow, 1946), director del Museo Británico de Londres, divulgador radiofónico y una de las autoridades intelectuales más admiradas de Reino Unido, vino a Madrid a celebrar algo más que el préstamo de la muestra de dibujos El trazo español en el British Museum.Dibujos del Renacimiento a Goya.“Este año se cumple medio siglo de la primera vez que visité el Prado. Lo recuerdo perfectamente; iba con mis padres y me negué a salir para comer… ¡quería seguir viendo más salas!”. Entonces, MacGregor solo era un chico escocés con una curiosa idea acerca del gusto artístico: “Crecí en Glasgow, al lado de la casa del refinado Stirling Maxwell, que tenía una de las mayores colecciones de arte español. Y cuando tenía ocho años, la ciudad compró Cristo de San Juan de la Cruz, de Dalí. De modo que a tan tierna edad pensaba que los coleccionistas coleccionaban arte español y que cuando las ciudades compraban, también se decantaban por su país”.

Aquel chico se convirtió en director de museo, primero de la National Gallery y desde 2002 del British, institución que aspira a contener el mundo desde la antigüedad hasta nuestros días. También hizo historia de la radio con un programa de la BBC (que se convirtió en libro, editado por Debate) en el que dos millones de años de la humanidad quedaban explicados en 100 objetos. Sobre los retos que aguardan en el futuro a los museos charló con EL PAÍS en el moderno, soleado y apacible claustro de la ampliación del Prado, metáfora de lo mucho que han cambiado las pinacotecas en este medio siglo. “Han cambiado, sí, ¡pero los cuadros, no!”.

Mostrar el pasado en el futuro.“Siguen siendo los lugares para entender el mundo mirando al pasado. En el Prado compruebas que la historia de Europa es una sola, cultural y políticamente. Luchamos últimamente por construir una única historia Europea cuando es una historia que llevamos construyendo desde hace siglos. Los museos te permiten entender el mundo. Obviamente, el British es distinto, porque reúne objetos de todas las civilizaciones. Pero lanza el mismo mensaje: el mundo siempre ha estado conectado”.

¿Entradas gratis para todos? “La tradición en Gran Bretaña es que los museos sean gratis, porque así fue el mandato del Parlamento que los creó en el siglo XVIII. Se establecieron sin coste para los ciudadanos ingleses y extranjeros. Si quieres que la gente entienda el mundo debes hacer la entrada accesible y gratuita. Un museo es un espacio público de la mente y el espíritu que todos los ciudadanos tienen el derecho a habitar”.

Sobrevivir a los recortes. “Como en España, las instituciones de Gran Bretaña sufren recortes en la asignación pública. Los combatimos recurriendo al dinero privado; echando mano de las ventas de la tienda y también de los patrocinadores, bien sean empresas o ciudadanos individuales. Y luego compartimos nuestra colección con el resto del mundo, como creo que está haciendo con mucho criterio el Prado. En todos los continentes puedes ver en estos momentos cuadros de la pinacoteca madrileña. Eso, además de reafirmarnos en que esos tesoros pertenecen a todo el mundo, también implica que los receptores de esas colecciones apoyan las finanzas del museo”.

“Para conseguir el equilibrio perfecto no hay una fórmula. La tradición británica siempre ha sido una mezcla entre lo público y lo privado. Mitad y mitad. Creo que ese es un buen porcentaje. El Estado garantiza la continuidad y la seguridad de la colección y las empresas, los particulares y los museos del extranjero ayudan de otras maneras. La fórmula es difícil, pero clara: mucho trabajo duro. Puede ser un asunto complejo, pero recuerda a los museos cuál es su público y de qué modo deben dirigirse a él. Es importante no ser totalmente dependiente de lo privado ni de lo público; es necesario tener independencia a la hora de contar una historia académicamente verdadera”.

¿A quién sirve la diplomacia cultural? “Depende lo que entienda por ese concepto. No creo en los museos como un arma del Estado. Porque las piezas no les pertenecen. Ahora bien, al hacer viajar a las obras se crea un diálogo, un debate con la gente. Últimamente estamos prestando mucho más a China e India. Ellos nunca han tenido la oportunidad de ver las piezas del antiguo Egipto, por ejemplo. Con ellas, permitimos a esos países entrar y relacionarse con la historia de nuestro tiempo, que es una historia global. Es una forma de comunicación, pero no debe ser un subterfugio para emplear a Velázquez en el propio interés de un país o de otro”.

¿Expolio o propiedad legítima? “No creo en la devolución de las piezas si fueron correctamente adquiridas. Y sabemos que no siempre fue de esa manera: hubo un montón de saqueos en la II Guerra Mundial. Las cosas no han mejorado mucho en los últimos 30 o 40 años. Pero si los objetos fueron obtenidos legalmente, como sucedió con el Partenón, no entiendo por qué habría que devolverlas. Sucede lo mismo con las pinturas flamencas del Prado, ¿por qué deberían devolverse? Aquí están accesibles a todo el mundo. El gran desafío es luchar contra las excavaciones ilegales y ser capaces de compartir estos tesoros con todo el mundo. Estas joyas no pertenecen a París, a Berlín o a Madrid, sino que estas ciudades deben compartirlas. Las religiones dividen, los museos forman ciudadanos del mundo”.

Desafíos. “El peligro para el futuro de los museos es el nacionalismo. La misma existencia de las colecciones de arte supone una negación del nacionalismo, porque aportan una visión de la humanidad en su conjunto. Quizá es más importante hoy que nunca, cuando vemos los peligros de la división por todo el mundo. Estas colecciones nos enseñan a compartir”.

¿Hay un límite para el número de visitantes? “Es un gran dilema. Nosotros tenemos seis millones. Hay un límite, indudablemente. Tenemos que ser capaces de acomodar nuestros edificios a esa demanda. Y luego, volvemos a la idea del museo viajero; si los visitantes no pueden venir aquí, podemos mandarles las piezas. También hay que trabajar por hacer las colecciones accesibles para todos, en la Red y también en los teléfonos inteligentes. Y lo que hacen los móviles es hacer accesible la colección a todos los usos”.

Mirar un cuadro: la Infanta Doña Margarita, de Velázquez

Documento del archivo de RTVE: “Mirar un cuadro – La infanta doña Margarita (Velázquez)“, de 1982. El escritor Salvador Espriu comenta el cuadro ‘La infanta doña Margarita’, de Diego Velázquez, que cuelga en el Museo del Prado. De especial relevancia para nosotros son los comentarios del público al principio del programa.


Un hallazgo de Fito Rodríguez.

Architecture Tour: Solomon R. Guggenheim Museum


Está claro el carácter propagandístico del vídeo, pero sirva aquí para subrayar la importancia del contenedor a la hora de atraer visitantes a los museos modernos. De ello tenemos buenos (y a veces tristes) ejemplos en nuestra península. “Cajas vacías”, como dice Rafael Sánchez Ferlosio.

Promo del primer capítulo de Soy cámara (el programa del CCCB -TVE2)

SOY CÁMARA es un programa de secuencias hilvanadas en el que se alternan imágenes del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, sobre su funcionamiento, sus actividades, conciertos, etc., con entrevistas a los comisarios y al público. Las exposiciones tratadas en este capítulo fueron: “Quinquis de los 80” y “El siglo del Jazz”.

Aparecen: Joan Altés, Mery Cuesta y Tedi KGB.

Realizado por Andrés Hispano y Félix Pérez-Hita; editado por Joana Abrines, Cristina Brossa y F.P-H.  Acabado con la colaboración del personal del CCCB.

Otros capítulos de Soy Cámara (CCCB / RTVE2).

La calamidad del Museo del Prado

El Museo del Prado es, paradójicamente, una de las más excelsas calamidades a las que ha tenido que enfrentarse el arte español del siglo XX. Su omnipresencia como referente de autoridad estética en un país sin apenas museos, y su uniformidad estilística y nacionalista, producto del unitario orígen monárquico de sus colecciones, ha representado un grave obstáculo para que los artistas contemporáneos dispongan de referentes más diversos. Enrique Lafuente Ferrari ya denunció en 1948 que lo único que había en el país era barroco: “Ni los grandes maestros del romanticismo francés, inglés o alemán, ni el realismo de Francia de 1848, ni el impresionismo, ni los movimientos posteriores de la pintura francesa, ni la Escuela Internacional de París de los primeros treinta años de este siglo, ni el arte alemán del siglo XIX, ni la pintura de los prerrafaelistas ingleses, ni la vanguardia europea del siglo XX, nada en absoluto de esto ha dejado su huella en ningún museo español”.

La literatura, artística o no, que se ha desplegado sobre el Prado entre los intelectuales españoles es más que ingente. El Prado nunca ha existido como una colección de obras de arte, sino que ha representado el lugar en donde recabar la información de los informantes del estado: es el lugar en el que se revelan las tramas de quintacolumnistas del estado: es la urna en donde residen las fotografías de la supuesta memoria nacional, que no es otra que la historia de la memoria institucional, por muchos pobres que salgan en sus cuadros y sean celebrados por Ortega o d’Ors como espejo del realismo ecuménico del arte español, o por el historiador Francisco Calvo Serraller, quien señaló que el artista español siempre está permanentemente “obligado a sobrevivir en medio de lo excepcional, se ha tenido que expresar a gritos y ha corrido la suerte de los que gritan.” Todo pura mentira de estado. El Museo del Prado resume el papel colaboracionista del arte en la construcción de las mentiras del estado.

“Todos esos cuadros que cuelgan aquí de las paredes no son al fin y al cabo más que cuadros de artistas del Estado. Complacientes con el arte católico del estado y nada más. Una y otra vez sólo un semblante, no un rostro. Una y otra vez sólo una testa, no una cabeza. En fin de cuentas, siempre sólo el anverso sin el reverso, una y otra vez sólo la mentira y la hipocresía sin la realidad y la verdad. Al fin y al cabo, todos esos pintores no eran más que artistas del Estado completamente hipócritas, que atendieron el deseo de agradar a sus clientes, ni siquiera Rembrandt es una excepción. Mire a Velázquez, nada más que arte del Estado, a Lotto, a Giotto, siempre sólo arte del Estado […] Conservar, dice la gente, documentar, pero al fin y al cabo, como sabemos, sólo se conserva y se documenta la falsedad y la mentira, la posteridad sólo tiene falsedad y mentira colgadas de las paredes.” (Thomas Bernhard, Maestros antiguos, 1985)

Karmelo Bermejo, Watching the watcher of room 39, Museo del Prado, 2009

Karmelo Bermejo.

Publicidad del Museo del Prado: Francesco Jodice

El artista Francesco Jodice publicita en una película y una videoinstalación a los millones de visitantes de la pinacoteca.

Luis Buñuel sobre los museos

Luis Buñuel: Mi último suspiro (Memorias), Plaza & Janes, 1982, p. 69. Traducción de Ana María de la Fuente.

Durante el verano, cuando los españoles se iban de vacaciones, llegaban a la Residencia grupos de profesores norteamericanos con sus esposas, algunas muy guapas, que iban a perfeccionar el español. Para ellos se organizaban conferencias y visitas. En el tablero de anuncios del vestíbulo podía leerse, por ejemplo: “Mañana, visita a Toledo con Américo Castro.”

Un día el anuncio rezaba: “Mañana, visita a El Prado con Luis Buñuel”. Me siguió un nutrido grupo de norteamericanos, que no sospechaban la superchería, lo cual me dio un primer atisbo de la inocencia norteamericana. Mientras los llevaba por las salas del museo, les decía lo primero que me pasaba por la imaginación: que Goya era torero y mantuvo funestas relaciones con la duquesa de Alba, que el cuadro de Berruguete Auto de Fe es una obra maestra porque en él aparecen ciento cincuenta personajes. Y, com todo el mundo sabe, el valor de una obra pictórica depende del número de personajes. Los norteamericanos me escuchaban muy serios, y algunos hasta tomaban notas.
Pero unos cuantos fueron a quejarse al director.

En otro fragmento del mismo libro (p. 106):

La mayoría de aquellos revolucionarios – al igual que los señoritos que yo frecuentaba en Madrid – eran de buena familia. Burgueses que se rebelaban contra la burguesía. Éste era mi caso. A aquello se sumaba en mí cierto instinto negativo, destructor que siempre he sentido con más fuerza que toda tendencia creadora. Por ejemplo, siempre me ha parecido más atractiva la idea de incendiar un museo que la de abrir un centro cultural o fundar un hospital.