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La incredulidad de santo Tomás Apóstol

Cuenta San Juan (Jn. 11,16) “Tomás, llamado Dídimo, dijo a los demás: Vayamos también nosotros y muramos con Él”.

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La segunda intervención: sucedió en la Última Cena. Jesús les dijo a los apóstoles: “A dónde Yo voy, ya sabéis el camino”. Y Tomás le respondió: “Señor: no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn. 14, 15). Los apóstoles no lograban entender el camino por el cual debía transitar Jesús, porque ese camino era el de la Cruz. En ese momento ellos eran incapaces de comprender esto tan doloroso. Y entre los apóstoles había uno que jamás podía decir que entendía algo que no lograba comprender. Ese hombre era Tomás. Era demasiado sincero, y tomaba las cosas muy en serio, para decir externamente aquello que su interior no aceptaba. Tenía que estar seguro. De manera que le expresó a Jesús sus dudas y su incapacidad para entender aquello que Él les estaba diciendo.
Y lo maravilloso es que la pregunta de un hombre que dudaba obtuvo una de las respuestas más formidables del Hijo de Dios. Uno de las más importantes afirmaciones que hizo Jesús en toda su vida. Nadie en la religión debe avergonzarse de preguntar y buscar respuestas acerca de aquello que no entiende, porque hay una verdad sorprendente y bendita: todo el que busca encuentra.

Le dijo Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”

En sus viajes por el desierto sabían muy bien que si equivocaban el camino estaban irremediablemente perdidos, pero que si lograban viajar por el camino seguro, llegarían a su destino. Pero Jesús no sólo anuncia que les mostrará a sus discípulos cuál es el camino a seguir, sino que declara que Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida.
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Los creyentes recordamos siempre al apóstol Santo Tomás por su famosa duda acerca de Jesús resucitado y su admirable profesión de fe cuando vio a Cristo glorioso.
Dice San Juan (Jn. 20, 24) “En la primera aparición de Jesús resucitado a sus apóstoles no estaba con ellos Tomás. Los discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Él les contestó: “si no veo en sus manos los agujeros de los clavos y si no meto mis dedos en los agujeros de sus clavos, y no meto mi mano en la herida de su costado, no creeré”. Ocho días después estaban los discípulos reunidos y Tomás con ellos. Se presentó Jesús y dijo a Tomás: “Acerca tu dedo: aquí tienes mis manos. Trae tu mano y métela en la herida de mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”. Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío”. Jesús le dijo: “Has creído porque me has visto. Dichosos los que creen sin ver”.
Parece que Tomás era pesimista por naturaleza. No le cabía la menor duda de que amaba a Jesús y se sentía muy apesadumbrado por su pasión y muerte. Quizás porque quería sufrir a solas la inmensa pena que experimentaba por la muerte de su amigo, se había retirado por un poco de tiempo del grupo. De manera que cuando Jesús se apareció la primera vez, Tomás no estaba con los demás apóstoles. Y cuando los otros le contaron que el Señor había resucitado, aquella noticia le pareció demasiado hermosa para que fuera cierta.

Tomás cometió un error al apartarse del grupo. Nadie está peor informado que el que está ausente. Separarse del grupo de los creyentes es exponerse a graves fallas y dudas de fe. Pero él tenía una gran cualidad: se negaba a creer sin más ni más, sin estar convencido, y a decir que sí creía, lo que en realidad no creía. El no apagaba las dudas diciendo que no quería tratar de ese tema. No, nunca iba a recitar el credo un loro. No era de esos que repiten maquinalmente lo que jamás han pensado y en lo que no creen. Quería estar seguro de su fe.
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Preciosas dudas de Tomás que obtuvieron de Jesús aquella bella noticia: “Dichosos serán los que crean sin ver”.

Fuente:
http://www.montemaria.org/santoral/07_julio/03_julio-tomas_apostol.htm

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San Agustín comenta: Tomás «veía y tocaba al hombre, pero confesaba su fe en Dios, a quien ni veía ni tocaba. Pero lo que veía y tocaba lo llevaba a creer en lo que hasta entonces había dudado» (San Juan. 121, 5). El evangelista prosigue con una última frase de Jesús dirigida a Tomás: «Porque me has visto has creído. Bienaventurados los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29).

“¿Qué pueden aprender de la religión los museos?”, por Alain de Botton

Rubén Ortiz nos señala este texto de un autor religioso, Alain de Botton, quien considera que los museos deberían recuperar la trascendencia espiritual:

Fuente original: “Why Our Museums Of Art Have Failed Us And What They Might Learn From Religions”, The Huffington Post, 14-3-2012

You often hear it said that ‘musems of art are our new churches’: in other words, in a secularising world, art has replaced religion as a touchstone of our reverence and devotion. It’s an intriguing idea, part of the broader ambition that culture should replace scripture, but in practice art museums often abdicate much of their potential to function as new churches (places of consolation, meaning, sanctuary, redemption) through the way they handle the collections entrusted to them. While exposing us to objects of genuine importance, they nevertheless seem unable to frame them in a way that links them powerfully to our inner needs.

The problem is that modern museums of art fail to tell people directly why art matters, because Modernist aesthetics (in which curators are trained) is so deeply suspicious of any hint of an instrumental approach to culture. To have an answer anyone could grasp as to the question of why art matters is too quickly viewed as ‘reductive.’ We have too easily swallowed the Modernist idea that art which aims to change or help or console its audience must by definition be ‘bad art’ (Soviet art is routinely trotted out here as an example) and that only art which wants nothing too clearly of us can be good. Hence the all-too-frequent question with which we leave the modern museum of art: what did that mean?

Why should this veneration of ambiguity continue? Why should confusion be a central aesthetic emotion? Is an emptiness of intent on the part of an art work really a sign of its importance?

Christianity, by contrast, never leaves us in any doubt about what art is for: it is a medium to teach us how to live, what to love and what to be afraid of. Such art is extremely simple at the level of its purpose, however complex and subtle it is at the level of its execution (i.e. Titian). Christian art amounts to a range of geniuses saying such incredibly basic but extremely vital things as: “Look at that picture of Mary if you want to remember what tenderness is like.” “Look at that painting of the cross if you want a lesson in courage.” “Look at that Last Supper to train yourself not to be a coward and a liar.” The crucial point is that the simplicity of the message implies nothing whatsoever about the quality of the work itself as a piece of art. Instead of refuting instrumentalism by citing the case of Soviet art, we could more convincingly defend it with reference to Mantegna and Bellini.

This leads to a suggestion: what if modern museums of art kept in mind the example of the didactic function of Christian art, in order once in a while to reframe how they presented their collections? Would it ruin a Rothko to highlight for an audience the function that Rothko himself declared that he hoped his art would have: that of allowing the viewer a moment of communion around an echo of the suffering of our species?

Try to imagine what would happen if modern secular museums took the example of churches more seriously. What if they too decided that art had a specific purpose — to make us a bit more sane, or slightly good or once in a while or a little wiser and kinder — and tried to use the art in their possession to prompt us to be so? Perhaps art shouldn’t be ‘for art’s sake’, one of the most misunderstood, unambitious and sterile of all aesthetic slogans: why couldn’t art be – as it was in religious eras – more explicitly for something?

Modern art museums typically lead us into galleries set out under headings such as ‘The Nineteenth Century’ and ‘The Northern Italian School’, which reflect the academic traditions in which their curators have been educated. A more fertile indexing system might group together artworks from across genres and eras according to our inner needs. A walk through a museum of art should amount to a structured encounter with a few of the things which are easiest for us to forget and most essential and life-enhancing to remember.

The challenge is to rewrite the agendas for our art museums so that collections can begin to serve the needs of psychology as effectively as, for centuries, they served those of theology. Curators should attempt to put aside their deep-seated fears of instrumentalism and once in a while co-opt works of art to an ambition of helping us to get through life. Only then would museums be able to claim that they had properly fulfilled the excellent but as yet elusive ambition of in part becoming substitutes for churches in a rapidly secularising society.