1978: Action Directe roba “El prestidigitador”, de El Bosco

El 13 de diciembre de 1978, el grupo de extrema izquierda francés Action Directe sustrajo la obra El prestidigitador, de Hieronymus Bosch (1502) del Museo Municipal de Saint-Germain-en-Laye, en donde estaba depositada desde 1872. En febrero de 1979 fue encontrada y devuelta al museo, aunque éste no volvió a abrir sus puertas desde entonces.

Hieronymus_Bosch_051.jpg

Fragmento del texto de Aurélien Gamboni (abril de 2003). Fuente: AG-Archives.net

“Intrigado por el singular eco de esta acción con el tema mismo del cuadro, y con ganas de entender si había en ello un gesto simbólico (y político), fui a Marsella para consultar a Jean-Marc Rouillan (uno de los fundadores de Action Directe) que se había beneficiado de un acuerdo de libertad condicional. Resultó que el robo de la pintura, una acción no reivindicada, tenía un objetivo material: los secuestradores querían cambiar el lienzo por dinero para financiar su causa. Sin embargo, el atractivo singular que el Bosco producía entre un gran número de partidarios de la ultraizquierda en ese momento, y en Rouillan en particular, no fue ajeno a la elección de este “objetivo”. También me dio una vívida descripción de su encuentro con el cuadro en el Museo Municipal de Saint-Germain-en-Laye, en concreto la sensación “física” de “silbato de oreja” que le había causado la mera visión de esta pintura. Otro punto a destacar parece ser la relación especial que los secuestradores más tarde declararon con el objeto, así como la renuncia a considerar la reventa de la obra a un particular, ya que consideraban que debía ser pública.

Por último (y en palabras de Rouillan), como en la escena de El Bosco, lo que sucedería al final fue un “nuevo pacto de tontos”: los policías que habían tendido una trampa pero que fallarán, los secuestradores que escapan (pero no consiguen su dinero). En cuanto al museo, que recuperó el cuadro, las deficiencias en su aparato de seguridad fueron objeto de implacables críticas y no se ha reabierto desde entonces.

Este evento fue en cierta medida reavivó mi investigación, ya que tenía que hacer posteriormente una solicitud de autorización especial para ver la tabla en Saint-Germain-en-Laye, en el sótano de un edificio seguro del que no tengo derecho a revelar la ubicación. Tomo nota de que la imagen de la cara escondida en la mesa, lo que me pareció ser uno de los elementos clave de la composición, no le parecía obvio ni a Jean-Marc Rouillan ni a la Señora Virole, conservadora del museo cerrado. Esta última incluso se negó a ver en esta interpretación, considerada “esotérica”, otra cosa que no fuera una simple proyección, una ilusión generada por mis propios ojos. Si los espectadores fueran los cuadros, como preconizaba Marcel Duchamp, podríamos hacer notar que este trabajo está a veces lejos de ser reconocido como legítimo por aquellos que se preocupan de vigilar las obras de arte y de su recepción.”

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