Monthly Archives: mayo 2012

Visitar galerías según el coleccionista Lluís Bassat

Gracias a Quim Tarrida por el pase.

La destrucción del arte, de Beatriz Yoldi y Dimitra Gozgou

Beatriz Yoldi y Dimitra Gozgou, “La destrucción del arte”, Master en Estudios Avanzados de Historia del Arte, Universidad de Barcelona, 2009.

Descargable en pdf.

Introducción: “El arte es un símbolo, un signo esencial y material de nuestra cultura y memoria que debemos preservar, porque es belleza de la creación humana y porque es un documento indispensable para explicar la historia. Sin embargo, no todo el mundo piensa igual; a menudo hemos oído o visto una fugaz y efímera noticia sobre la agresión a una obra de arte importante pero, curiosamente, el evento no ha trascendido o no se ha especificado la información, y el ataque queda relegado al olvido hasta que, un buen día, la obra vuelve a aparecer expuesta y ya nadie se acuerda del tiempo en que fue más bella de lo que es ahora. Quizá esta afirmación suene algo poética y generalizadora, pero bajo ella se encuentran algunas de las incógnitas que nos han llevado a elaborar esta pequeña investigación. El arte es venerado, apreciado y valorado por un gran sector de la sociedad. Pero, ¿qué pasa cuando esto no es así?”

Locos por el arte

“Locos por el arte”, de María José Carrero. Publicado en El Correo, Bilbao, 21/02/2010.

‘El actor’ de Picasso está ahora mismo en la UCI del Museo Metropolitano de Nueva York. Los restauradores se afanan en curarle la herida que sufrió hace un mes cuando una visitante tropezó, perdió el equilibrio y, al caer, provocó a la obra una brecha vertical de quince centímetros que los conservadores tratan de cerrar. El desgarro del lienzo fue fruto de un accidente, pero los daños premeditados a pinturas y esculturas son una constante desde la Antigüedad. Ya en el siglo IV a.C., Eróstrato quemó el templo de Artemisa de Éfeso, considerado como una de las siete maravillas del mundo antiguo, con el único fin de lograr la celebridad.

Si encontrar una explicación a los actos vandálicos contra cualquier bien comunitario es una tarea difícil, entender los ataques al patrimonio artístico es casi una misión imposible. De hecho, se trata de un fenómeno apenas analizado debido a «cierto secretismo» de los responsables de museos. Al menos, esto es lo que sostienen las autoras de ‘La destrucción del arte’, un trabajo con el que dos jóvenes licenciadas -Beatriz Yoldi y Dimitra Gozgou- han concluido un máster en Estudios Avanzados en Historia del Arte de la Universidad de Barcelona. Las investigadoras sostienen que «los museos tienden a no facilitar información» para, tal y como actúa la Policía con los casos de suicidios, evitar «un contagio de agresiones en cadena». Y es que para apuñalar, arrojar ácido a un cuadro o emprenderla a martillazos con una escultura hay que estar un tanto desequilibrado.

¿O no es así? «Las motivaciones para atentar contra el arte son de lo más variadas», señala Inmaculada Socias, la profesora que ha dirigido el estudio. «Operan los prejuicios, los móviles religiosos, políticos (un ejemplo cercano es el ‘Bosque pintado’ de Ibarrola), los movimientos iconoclastas e, incluso, el fetichismo, porque violentar una obra que se ama puede darle un valor añadido», apunta. Y se explica: «Si ‘La Piedad’ de Miguel Ángel ya era una obra de culto, desde el ataque que sufrió en 1972, y que obligó a blindarla con un cristal anti-balas, todavía lo es mucho más».

Entre todas las posibles e incomprensibles razones que mueven a los ‘asesinos’ del arte, el desequilibrio psiquiátrico constituye un denominador común. «Es muy habitual. De hecho,muchos se quitan después la vida», aseguran Yoldi y Gozgou, quienes documentan una treinta de ataques . Sólo desde esta explicación se entiende que Laszlo Toth, geólogo húngaro residente en Australia, se abriera paso entre la multitud en el Vaticano y asestara quince martillazos al conjunto escultórico de Miguel Ángel que representa a la Virgen, al pie de la cruz, meciendo en su regazo a su hijo muerto. «¡Soy Jesucristo, soy Jesucristo y he regresado de la muerte!», gritaba Toth mientras destrozaba el mármol. Le condenaron a nueve años de cárcel.

«Una imagen tiene el poder de evocar y, en función de la psicología de cada uno, es posible dar a la obra de arte una dimensión que no tiene, hasta el punto de ver reflejados en ella los propios fantasmas y frustraciones», añaden las jóvenes investigadoras. Una prueba de que los agresores suelen tener enfermedad mental es que con frecuencia repiten su acción. Es el caso de Piero Cannata, un verdadero ‘killer’ en serie del patrimonio. En 1991, con un certero golpe de martillo convirtió en añicos el pie izquierdo del ‘David’ de Miguel Angel. A él se atribuyeron, dos años después, los ataques a los frescos de Filippo Lipi en la catedral de Prato y la agresión al altar mayor de Santa María delle Carceri en la misma ciudad italiana. Las acciones de este hombre con diagnóstico de esquizofrenia se completan en 1999, cuando recorre más de 300 kilómetros para, en la Galería Nacional de Arte Contemporáneo de Roma, pintar con un rotulador el cuadro ‘Senderos ondulados’, de Pollock. «Lo volveré a hacer. Para mí, el arte no existe», declaró entonces. Por suerte, su amenaza no se cumplió.

Museos blindados

Para tratar de impedir acciones como la de Cannata, los grandes museos del mundo blindan sus obras con sensores, cámaras, vigilantes -en El Prado hay más de 200, además de una brigada de la Policía Nacional- o vidrios capaces de soportar un ataque con granadas, como protege el Louvre la ‘Mona Lisa’. Al igual que la ‘Gioconda’, ‘La Piedad’ y el ‘David’ o el ‘Guernica’ de Picasso -‘graffiteado’ en 1974 por un joven artista iraní en protesta contra la intervención americana en Vietnam-, son iconos de los museos e, incluso, de las ciudades en las que se exhiben. Por ello, los responsables de su conservación no se arriesgan.

Si el cristal no es aconsejable por los reflejos, se colocan dos vigilantes, uno a cada lado, de forma permanente, como ha hecho el Centro de Arte Reina Sofía con la obra cumbre del artista malagueño. Una línea en el suelo y unos sensores obligan a ver el mural a dos metros. «Si alguien la sobrepesa, salta la alarma», detalla el jefe de restauración de este museo nacional, Jorge García.

Pero ¿cómo se garantiza la seguridad de toda la colección artística en lugares que reciben cientos de miles de visitantes cada año? «La clave está en controlar la distancia entre el visitante y la obra», señala Francisco Lafuente, jefe de seguridad del museo Thyssen de Madrid. Autor del primer ‘Estudio de comportamiento del público’, Lafuente resalta el papel del «personal de sala» para prevenir cercanías peligrosas. Porque casi un 5,7% de los visitantes «se acerca de forma alarmante» a las obras y más de un 1% las toca. «Puede parecer un porcentaje bajo, pero en un museo con cerca de un millón de usuarios supone 10.000 ‘toques’ al año». Para evitarlo, el Thyssen coloca cristales allí donde es posible. Donde no lo es «porque se pierden detalles», se instalan cordones de separación de los cuadros. El 70% de la colección que atesora el palacio de Villahermosa tiene estos escudos.

«Acto de amor»

Las medidas de proteccion son acordadas entre el responsable de conservación y el de seguridad para prevenir tanto acciones violentas como «accidentes tontos», comenta Jorge García. El conservador del Reina Sofía recuerda cómo «en una exposición sobre Alberto Sánchez, una señora se agachó tanto para ver una figura realizada a base de una especie de palillos, que se llevó parte de la composición en el moño». Por eso, es fundamental «controlar las distancias».

Pero la vigilancia nunca es eficaz al cien por cien. Prueba de ello son las dos agresiones (1993 y 2006) que ha sufrido la ‘Fuente’ de Duchamp en el centro Pompidou. Claro que no siempre se ataca una obra por el placer incomprensible de estropearla. En 2007, Rindy Sam fue juzgada en Aviñón por estampar carmín rojo en un cuadro blanco de Cy Twombly. En su defensa argumentó que su beso «fue un acto de amor».

Viñeta de Olmo.

Pase de Fito Rodríguez.

Exposición de obras hechas por animales

Pinturas hechas por elefantes y monos serán exhibidas en la University College de Londres (UCL). Los curadores dicen que es uno de los primeros intentos de mostrar el “trabajo” de diferentes especies. Fuente: BBC Mundo

Ver también aquí algunos trabajos hechos por elefantes.

Info cortesía de Fito Rodríguez

Promo del primer capítulo de Soy cámara (el programa del CCCB -TVE2)

SOY CÁMARA es un programa de secuencias hilvanadas en el que se alternan imágenes del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, sobre su funcionamiento, sus actividades, conciertos, etc., con entrevistas a los comisarios y al público. Las exposiciones tratadas en este capítulo fueron: “Quinquis de los 80” y “El siglo del Jazz”.

Aparecen: Joan Altés, Mery Cuesta y Tedi KGB.

Realizado por Andrés Hispano y Félix Pérez-Hita; editado por Joana Abrines, Cristina Brossa y F.P-H.  Acabado con la colaboración del personal del CCCB.

Otros capítulos de Soy Cámara (CCCB / RTVE2).

URSS, 1953

La imagen del artista. Grabados antiguos sobre el mundo del arte.

Vicenç Furió: La imatge de l’artista. Gravats antics sobre el món de l’art. Fundació Caixa Girona, 2008.

El catálogo del que copiamos aquí estas imágenes empieza diciendo: “La exposición que presentamos consta de ochenta grabados antiguos de temática relativa a las artes visuales – principalmente pintura y escultura – obras que representan  al artista en su relación con su actividad y sus aspiraciones”. (El comisariado de la exposición, los grabados reproducidos y el texto que citamos son de Vicenç Furió).

Arte y Educación. Museo y Acción Educativa

Arte y Educación. Museo y Acción Educativa. Reflexiones sobre los museos y la mediación.

Ediciones de la Universidad de Murcia
.

Gracias a Fito Rodríguez por la info.

Vigilantes de salas del Hermitage


Fotos de Julia Carrasco Miserachs (2012).

Vigilantes / Arte contemporáneo como domesticación de la protesta

Texto sobre los vigilantes de los museos de arte contemporaneo y los discursos que tratan de hacerse visibles en esos museos como domesticación de la protesta. A propósito del proyecto de video-instalación a 4 canales.
Benjamín López Alcántara

Online aquí. Pdf aquí.

Vigilantes, de Benjamin Alcantara

Pieza de video que consiste en la documentación visual del trabajo cotidiano realizado por los vigilantes de sala, en museos de la ciudad de México, especialmente los dedicados al arte contemporáneo. Se trata de una pieza de narración no lineal, intercalando planos abiertos y cerrados de un mismo espacio y/o sujeto, haciendo énfasis en el concepto del tiempo. El tiempo que los trabajadores pasan en las salas diariamente, y el tiempo que el espectador decida permanecer dentro de la sala, observando a estos vigilantes, quienes comúnmente son ignorados por los visitantes de los museos.
La pieza intenta propiciar la crítica al interior del museo, recreando el espacio museístico a partir de la proyección simultánea a cuatro paredes dentro de una sala de arte contemporáneo. El museo dentro del museo, un juego de espejos que provoque el cuestionamiento y reflexión sobre los tiempos y formas de trabajo de los vigilantes.

Fotos de las sesiones para ciegos en el Museo Sunderland (Reino Unido)

Sessions for the Blind at Sunderland Museum

From 1913, John Alfred Charlton Deas, a former curator at Sunderland Museum, organised several handling sessions for the blind, first offering an invitation to the children from the Sunderland Council Blind School, to handle a few of the collections. They were so successful that Deas went on to develop and arrange a course of regular handling sessions, extending the invitations to blind adults.
(Pictures courtesy of Tyne & Wear Archives & Museums)

Via The Public Domain Review:

http://publicdomainreview.org/2011/08/09/sessions-for-the-blind-at-sunderland-museum

El hombre de la espina

Había tenido muchos trabajos en su vida: cartero, camarero, fotógrafo, herrero. Con treinta y cinco años, Feldmayer se presentó a una plaza de vigilante en el Museo de Arte Antiguo de la ciudad y, para su sorpresa, lo contrataron. La señora Truckau, una de las empleadas del departamento de personal, se dispuso a ordenar los papeles del recién incorporado. Estaba muy enamorada de su novio, que ese día le había pedido que se casara con él. A la hora del almuerzo, abandonó velozmente su mesa de trabajo con la ficha del nuevo contratado a medio rellenar y la ventana abierta. El nombre de Feldmayer no fue incluido en el fichero de rotaciones. Una ráfaga de aire alcanzó el documento, que fue a dar en el suelo, y posteriormente barrido.

La sala que Feldmayer debía custodiar tenía ciento cincuenta metros cuadrados y estaba casi vacía. El vigilante más cercano se hallaba cuatro salas más allá. Feldmayer pasaba las horas muertas, ansioso. Debía buscarse una ocupación- ¿Por qué no medir aquel espacio? Con la sola ayuda de una regla de madera que se había traído de casa, el vigilante anotaba en un cuadernillo todos los cálculos, de las paredes, del techo; medía los huecos de los pestillos, los tiradores de los ventanales… Sabía cuántos metros cúbicos de aire había en la estancia; contaba los visitantes, cómo iban vestidos, cuánto tiempo permanecían en la sala y desde qué ángulo observaban la única pieza en exhibición: una estilización romana en mármol del original griego El Spinario, que representa a un muchacho desnudo, sentado sobre una roca, que intenta sacarse una espina de la planta del pie. La obra no era especialmente valiosa, existían numerosas copias.

Espina2

Feldmayer empezó a cambiar su entorno doméstico. Tiró todos sus muebles, incluido el televisor; arrancó el empapelado y pulió el suelo de madera. Por contra, sus hábitos fuera del hogar seguían siendo los mismos: levantarse a las seis, cruzar el parque de la ciudad contando cinco mil cuatrocientos pasos y comer en su restaurante preferido, siempre pollo asado acompañado de dos vasitos de cerveza. No salía con chicas. “Son demasiado para mí -le decía al dueño del restaurante-; hablan alto y hacen preguntas a las que no sé qué responder. Y del trabajo tampoco tengo mucho que contar”. Hasta que un día Feldmayer se ocupó de la escultura:

¿Habría encontrado el muchacho la espina?.

Con su lupa de bolsillo, se dedicó a examinar la estatua milímetro a milímetro. Aquella maldita espina invisible le obsesionaba. Pronto empezó a creer que aquella púa estaba en su cabeza. Le raspaba la pared interior del cráneo, sí. Oía el ruido. Así que creyó que debía liberar al muchacho de la espina, y de paso liberarse a él. Fue cuando se le ocurrió el asunto de las chinchetas. Compró las más pequeñas, con la cabeza de color amarillo chillón, y se dedicó a esparcirlas por las zapaterías de la ciudad. Los clientes se hacían daño, y se extraían el pincho, al mismo tiempo que Feldmayer liberaba endorfinas de placer.

Caían las hojas del calendario, año tras año, siempre con la misma rutina. Feldmayer llevaba ya veintitrés años trabajando en el museo y notaba que el Spinario volvía a mostrarle sólo a él su pie herido, con aire de reproche. Tenía que acabar con tanto sufrimiento. Nunca antes había osado tocar la estatua. Lo cogió del pedestal y la arrojó con todas sus fuerzas al suelo. La pieza se hizo añicos. Entre la piedra resquebrajada, el vigilante descubrió algo que brillaba: era la espina. Se había acabado la angustia, el dolor.

Portada-Canecillo espinario

El vigilante fue detenido en su apartamento. Allí la policía descubrió que todas las paredes y el techo de su casa estaban forradas de fotografías con el mismo motivo: hombres, mujeres, niños sentados en escalones, sofás o alféizares, todos sacándose del pie una chincheta amarilla.

La dirección del museo presentó una denuncia contra Feldmayer por daños materiales. La fiscalía sometió al acusado al examen de un perito psiquiatra, que no acabada de fijar el motivo de tan extraña conducta. Por una parte, Feldmayer había sufrido una psicosis; por otro, no descartaba que se hubiera curado a sí mismo gracias al destrozo de la estatua. Pudiera ser que el exvigilante fuera peligroso, un asesino en serie que en lugar de chinchetas usara cuchillos. Pero también podía ser lo contrario.

Transcurrido el juicio, quedó claro que el principal responsable era la dirección del museo, que había encerrado a Feldmayer durante veintitrés años en la misma habitación y se había olvidado de él. Al final, la dirección del centro se abstuvo de interponer una demanda civil.  Aliviado, el director del Museo Antiguo de la ciudad (alemana) le confesó al abogado del encausado, Ferdinand von Schirach, que se alegraba de que Feldmayer no fuera el vigilante de la sala donde estaba la Salomé.

 

(Resumen del cuento La Espina, incluido en el libro “Crímenes” (ed. Salamandra, 2011). Su autor, Ferdinand von Schirach, fue también el penalista que defendió éste y otros casos notorios ocurridos durante los últimos años en Alemania. Se prepara una versión cinematográfica).

Michelangelo Pistoletto en el Macba (Barcelona)

Fragmento de un vídeo realizado por Félix Pérez-Hita, emitido como Noche Temática en Barcelona tv (2003).

Presentación a la prensa de la exposición antológica de M.P. por Manolo Borja-Villel. Pistoletto dice: “Por primera vez, en 1961, pude hacer un autorretrato viéndome a mí mismo en la tela al mismo tiempo que me veía en el espejo junto a la tela (…). Con el espejo entra el mundo entero en el cuadro: la gente, el espectador, el espacio, el tiempo.”

Proyecto Vitrinas de Oriol Vilanova

Intervención en el escaparate del Museo Abelló en Mollet, del 14 de abril al 4 de julio del 2010. Dentro del ciclo: De com convertir un museu en arena

Puedes descargarte el pdf aquí oriol-vilanova-vitrines1

Más información

mercados de imágenes


MNAC. Foto de Carlos Irazabal


IKEA. Foto de J. L. Marzo

En el MNAC de Barcelona

Fotos de Carlos Irazabal.